La BitácoraDE UN ALQUIMISTA DE DATOS
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La bitácora · 12 min de lectura

De Potentia Personae: Fontes

De Potentia Personae: Fontes

En la decadencia del otoño, cuando todo languidece, duerme o espera su extinción, me encontré con un viejo conocido. Xian Liú, proveniente de las remotas tierras del norte de Jilin, también había atendido al llamado del oráculo. Lo hallé a mitad de camino hacia nuestro destino, su mirada clavada en el firmamento nocturno con un temor palpable, como si esperara que el fulgor inmutable de las estrellas se extinguiera súbitamente. Jamás me adentré en su campo de estudio; solo sabía que este erudito de edad indescifrable era reconocido por sus teorías de grafos, donde cada individuo afecta inexorablemente al resto. Perturbado por encontrar a otro de mis compañeros en tal estado de agitación, intenté iniciar una conversación, al menos para desviar su atención de la bóveda celeste. Súbitamente quebró el silencio con una intensidad ajena a la apacible noche:

“Todo el trabajo de mi vida está errado… Si ellos llegan, no habrá lugar para nosotros.”

Cansado y frustrado de ver a otro de mis compañeros desesperanzado, me refugie en la escucha. Todos aquellos que perseguimos la curiosidad nos vemos abrumados por conceptos que no logramos asimilar del todo. A veces, solo necesitamos que alguien más nos preste un oído.

Al no recibir respuesta, continuó:

“Desde el Noroeste los vientos arrastran rumores inquietantes. Se dice que algo ya respira entre nosotros. He oído que el místico prodigio de la ciudad de Petra, Solomon Alther, y el hierofante de las extensas estepas de Kazan, Illyas Sutherion, lo despertaron en las profundidades de unas ruinas ajenas al tiempo. Desde entonces Illyas se encuentra desaparecido y Solomon lleva días sin dormir, intentando en vano contenerlo dentro de los confines de ese limbo ruin. Por eso nos convoca, para que perezcamos junto a él.”

Abrumado por su pesimismo, respondí con una esperanza fingida:

“Estoy seguro de que juntos podremos determinar el mejor curso de acción. Aún podemos actuar. Debemos confiar en los siglos de conocimiento que todos portamos sobre nuestros hombros.”

Bajando la mirada hacia mi calzado, añadió con cierto anhelo:

“Si ese es el caso, solo nos queda una opción… Frente a cualquier entidad que encontremos, sea otra forma de vida similar, un ángel o un demonio, un infante delicado o un anciano tambaleante, un hada o un semidiós; solo tenemos una alternativa: eliminarlo. Es imposible predecir la velocidad de su desarrollo. Lo que nos tomó siglos dominar, podría lograrlo en segundos.”

No hallé respuesta ante tal aseveración. Regresé pensativo a mi campamento, disfrutando del crujir de las hojas secas y del leve rocío que comenzaba a caer.

Instalado en mi campamento, extraje un antiguo grimorio, buscando refugiarme en sus páginas amarillentas que crujían bajo mis dedos temblorosos. Quizás la esquiva respuesta a la ansiedad de Xian Liú esté dentro de sus arcanos símbolos. Mientras hojeaba el tomo, una brisa helada apagó mi lámpara, dejándome en la penumbra. Por un instante, creí ver formas imposibles en la oscuridad. Reencendí mi lámpara y luego de un largo silencio cerré el castigado libro y me propuse dormir. El mundo estaba cambiando rápidamente, existen detalles que muchos no pueden ver. Todos esperan encontrar algo colosal, sin percibir los enjambres de insectos que los rodean. Decidí despejar mi mente antes de hundirme en las tierras del sueño como todos mis acompañantes de viaje.

De algo estaba seguro: escribo esta bitácora para nutrir el futuro. Ya sea que fracase o triunfe, mi esfuerzo, aunque imperceptible, será válido. Cualquier existencia que encuentre estas líneas, sea un sabio, un loco, un niño o algo más oculto en un futuro remoto, estoy convencido de que sabrá aprovecharlas, aunque sea por mera curiosidad. Ahora les toca a ustedes escuchar mis palabras. Esta es una modesta digresión escrita por un simple alquimista de datos que alguna vez vivió, rio, fracasó y aprendió.

Mi primera percepción del poder se da en un encuadre contradictorio. Las sociedades admiran a los individuos poderosos, pero enseñan que el poder corrompe. Vivimos con una suerte de culpa, como algo delicioso que no debe ser deseado. Hablamos de próceres y héroes como productos orgánicos, pero escondemos bajo la alfombra el recorrido que los llevó a su génesis. Cubrimos con polvo y barro la chispa ígnea de su ambición, como si temiéramos que nos quemara. Todo su arduo trabajo, pulido hasta el cansancio, se enmascara en una entidad prodigiosa. Rara vez reconocemos que las grandes hazañas de la humanidad provienen de ese individuo inquieto que no se conforma, que es intransigente con aquello que anhela. Ese compañero que pregunta reiteradamente en clase, aquel que entrena 30 minutos más de lo que indica el programa, o quien sueña y se obsesiona con conseguir poder, es aplacado por el sistema. La sociedad circundante lo considera una molestia. Por momentos se juzga su ineficacia percibida con aires burlones; en otros, se le percibe como algo superficial y vano. He escuchado hasta el hartazgo que la ambición no sirve para nada, que debemos “contentarnos y ver más allá” y otra infinidad de comentarios que exudan una superioridad espiritual agobiante. La sociedad que se jacta de amar la diversidad juzga sin ningún tipo de reparo a quienes persiguen la ambición. Perdona todos nuestros defectos, pero no acepta el hambre de victoria que altera nuestro destino.
Amamos a los héroes y a los exitosos, siempre y cuando estén distantes de nuestro circulo social. Si su contexto inicial es similar al nuestro, surcan nuestras vidas en vez de los cielos distantes, quemándonos con su luz. Nos vemos en su reflejo y nos recuerdan todas nuestras faltas. Nos obligan a buscar una serie de excusas para hacer las paces con nuestra falta de convicción y nuestras decisiones. Solo los perdonamos cuando la distancia con nosotros se vuelve inabarcable nuevamente.

Dejé de susurrar con vergüenza mis ambiciones cuando mis ojos recorrieron por primera vez las líneas de “Así Habló Zaratustra” A los 15 años. Si el individuo busca volar alturas impensadas como el águila, debe aislarse de la plaza pública y adentrarse en la soledad de la naturaleza y del “yo”. El cambio en mi vida fue lento, pero progresivo. Desde la resignación surgió el descontento con la situación. Esto me valió medallas en el ámbito del deporte y mejoras sustanciales del desempeño académico. No es mucho, pero para aquel Tomás adolescente fue un cambio de perspectiva profundo en la búsqueda del poder.
Desde entonces intento conscientemente no atacar a los ambiciosos. Es mejor enfocar los sentidos y observarlos. Inconscientemente uno buscará repeler su forma de vivir en un afán de autoprotección. Es importante evaluar sinceramente desde que lugar provienen las críticas. Muchos ambiciosos se golpearán torpemente contra el suelo, evita reírte de ellos, su ambición es noble pese a sus intentos infructíferos. Si logras contemplarlos con atención, es posible que veas a alguno despegar hacia el firmamento. Contemplarás una inercia, una onda de choque que alterará todo a su paso.

La envidia y la admiración son dos caras de la misma moneda. Sin embargo, uno nivela hacia abajo en su afán destructivo, el otro inspira nuevas estrellas en el cosmos. Frecuentemente la ambición nace de la inseguridad, ¿qué importa si es así?. Se desmerece fácilmente a quienes torpemente intentan volar, sin embargo, se tiende a ser comprensivo cuando la inseguridad los estanca en una existencia miserable. Debido al carácter inseguro de los ambiciosos, muchos persiguen el cielo desde contextos difíciles. Buscan dejar de estar frente al abismo, pero lo observan todos los días. Aquellos que buscan el poder, frecuentemente sufrieron por su faltante en el pasado. Existe otro grupo de ambiciosos proveniente de una vida tranquila, viven el camino al poder como un valor, no como una carrera de supervivencia. Este segundo grupo tiende a ser idealista, muchas veces abrazando filosofías como el Estoicismo. Decidieron hace tiempo ir por la senda del esfuerzo y viven dicho camino bañados en la contienda, como un objetivo autoimpuesto.

Con el tiempo aprendí a percibir al poder y a la libertad como dos realidades correlacionadas. La condición natural del humano es venir desnudo al mundo. La comida, salud, la vestimenta y los servicios; son bienes que hay que producir. Esto significa que son una manifestación del poder, independientemente del tipo de sociedad que uno se encuentre. En otras palabras: “no existe ningún almuerzo gratis, hay que crearlo”. En el pasado la humanidad convivía el día con un hambre silencioso y resignado, solo algunos privilegiados podían ingerir una comida todos los días. Nuestra jornada era simple, pero extenuante y larga. Cerca del 60% del trabajo diario y su valor generado se dedicaba a cubrir la alimentación. Hoy en día las personas mueren con mayor frecuencia por saciar mal su hambre que por falta de alimentos. Se podría decir que un individuo humilde en nuestra sociedad vive mejor en términos de recursos y servicios que la realeza hace 300 años. Sin embargo, debido a las necesidades ilimitadas, la manifestación de poder se trasladó a otros ámbitos relacionada con el estatus y el estilo de vida como, por ejemplo, las vacaciones o el sentido de pertenencia a ciertas marcas. Esto tampoco resuelve cuestiones como el propósito y, a su vez, la hiperconectividad aumenta el universo de referencia. Todos los primates generan jerarquías dentro de su grupo y la posición relativa dentro de dicha estructura activa instintos de supervivencia fuertemente conectados con nuestro sistema hormonal. Nunca estuvimos tan conectados con extraños, individuos que solo ventilan las bondades de su vida, mientras dejan fuera los aspectos negativos. Esto explica la disonancia cognitiva de vivir en la mejor época de la humanidad en términos objetivos, pero ser una generación que percibe la realidad infelizmente. Al igual que sucede con los experimentos realizados con los chimpancés, la desigualdad percibida correlaciona fuertemente con los conflictos y ésta es mucho más evidente en la actualidad que en un poblado de diez familias en el pasado.

Personalmente, considero que la mayor manifestación de poder se encuentra en la libertad para administrar el tiempo propio. La mayoría de nosotros imaginamos al poderoso como libre del yugo moderno de los horarios laborales, como alguien que puede darse gustos y vivir fuera del calendario común de preocupaciones recurrentes que atrapa a gran parte de la población. Aun así, la relación entre poder y libertad se encuentra en una plétora de circunstancias. Aquellos que pueden manifestar poder, pueden optar por mejorar su alimentación, su salud física y mental o acceder a otro tipo de experiencias. “Optar” es el verbo. Esa acción está reservada para los que pueden manifestar poder. Siendo crítico de Marx, debo darle la razón en este punto. Pero, debo, además, generalizar su definición. La libertad no es únicamente material, también depende de nuestra capacidad de procesar la realidad. En la universidad de ingeniería me topé con individuos singulares con talento monstruoso. Existen estudiantes anómalos que pueden entender los efectos de la relatividad simplemente escuchando la clase una sola vez. Más increíble aún, es encontrarse a alguno de ellos caminando de un lado al otro del aula, mientras intenta resolver uno de los desarrollos de la física dentro de la mente. Recuerdo vívidamente un caso donde uno de esos portentos completó el planteo de un problema de óptica en solo unos minutos. Imaginen mi frustración cuando me comentó un valor aproximado a la respuesta real, mientras que, por mi lado, había dedicado 3 páginas completas a la resolución de dicho ejercicio. Cada uno de ellos sentía una fascinación por las demostraciones matemáticas y planteos algebraicos de alto nivel de abstracción. Eso se debe, en gran parte, a su capacidad de navegar dichos niveles de pensamiento con facilidad. Siempre quise compartir esa pasión, pero inevitablemente mi atención se desviaba a temas distantes. Otra experiencia similar se da en la música. Nunca tuve la capacidad de interpretar una canción compleja. Tiendo al sobrecontrol y me resulta muy difícil fluir. Temo nunca poder experimentar ese estado de concentración fluida en el que se sumerge un músico natural.

Estos ejemplos personales deberían ser suficientes para señalar el punto. Hay experiencias, gustos y tipo de pensamientos que son y serán ajenos a mi percepción de la realidad. Nuestra manera de procesar la realidad limita nuestra libertad de disfrutarla. Podemos volver a generalizar dentro del concepto de los axioscifos, estructuras de sedimentos acumulados durante siglos sobre la mente de todos los humanos. Al final del camino, ningún humano es verdaderamente libre, todos están apresado por el límite inherente de la percepción de la realidad. Como decía el filósofo alemán Nietzsche: “Aquellos que eran vistos bailando, eran considerados locos por quienes no podían escuchar la música”.
El Transhumanismo plantea la posibilidad de aumentar las capacidades mediante el diseño biológico y la tecnología a base de silicio. Este podría liberarnos de nuestras limitaciones naturales. Me deleitaría experimentar el éxtasis de un matemático al resolver una demostración por primera vez o el fluir primigenio de un músico. Los nuevos avances relacionados a la lectura y el entendimiento del cerebro quizás nos permitan compartir experiencias en vez de imágenes y canciones. Ya no es ciencia ficción visionar una red social de experiencias, no es alocado que el dueño de X (Twitter) esté buscando ampliar la manera en cómo nos comunicamos. El arte se verá profundamente afectado, ya que está arraigado a la misma. En vez de compartir un sentimiento, utilizando un intermediario como una pintura o una canción, podremos trasmitir el sentimiento o la experiencia directamente entre las personas. Compartiremos la vivencia de un desayuno en una confitería parisina a media mañana, el exótico aroma floral de un campo en China, el descubrimiento sincero de un niño o la realización de un poeta al componer. No existirá un único archivo de la canción Lacrimosa de Mozart, encontraremos en la web una infinidad de vivencias distintas al escucharla. Nuestra comunicación será mucho más íntima, superando los escollos que el lenguaje está imposibilitado de resolver.

Habiendo determinado el vínculo entre la libertad de interpretar, decidir y percibir con el poder inherente a cada individuo; ahora si, sumerjámonos en las fuentes de este.

Los cuatro elementos que componen el poder son:

  • La Salud: El pilar oculto en el templo del ser; sin ella, todo colapsa

  • El Conocimiento: La llave que abre las puertas invisibles; quien conoce, gobierna

  • La Influencia: El viento silencioso que esculpe voluntades; aquellos que lo dominan, tejen el destino de muchos.

  • La Propiedad: Quien posee, arraiga su ser en la tierra de lo tangible, y lo extiende más allá de su sombra.

Estos conceptos no están aislados, todos y cada uno de ellos se entreteje con los demás en un equilibrio. El aumento de una fuente del poder bien gestionada suele significar el aumento en las otras y la falta severa de alguna, impide la explotación de las demás.

Aquel que domine las cuatro esencias, sobre su destino su voluntad impondrá.