La BitácoraDE UN ALQUIMISTA DE DATOS
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La bitácora · 15 min de lectura

De Idearum Natura: Axioscifos

De Idearum Natura: Axioscifos

Allí delante comienzan las ruinas de lo que en una vez fue una ciudad. Espera en un silencio atemporal que sus antiguos habitantes llenen sus calles de vida nuevamente. Olvidada en el abrazo del tiempo y las caricias de los elementos, lleva el nombre de «Etraluum». Sus torres, alguna vez altivas, se inclinan ahora como testigos cansados de eras inmemoriales. Los restos de estatuas incompletas mantienen rostros estoicos que se rehúsan a unirse una vez más a la piedra informe. Sus miradas no recuerdan quienes fueron y en su base reposan inscripciones en un idioma imposible. Solo sabemos que las hazañas a las que se refieren son eternas como la ciudad misma. La imagen del héroe murió en ellas, pero eso permite que otros reinterpreten esas escenas. En su eterno retorno, el pasado predice eventos que existirán en el futuro con otros nombres.

En las sombras ancestrales de esta ciudad antiquísima, donde las piedras gastadas y las estructuras derruidas se enzarzan en un pesar silencioso, uno de los viajantes de la caravana, con ojos ávidos de descubrimiento, comenzó a distinguir movimientos fugaces entre las estructuras. Siluetas fantasmales se deslizaban en la periferia de su visión, tan esquivas y etéreas como susurros entre las grietas de las antiguas murallas, ya vencidas.

Intrigado y algo inquieto, se acercó al alquimista. Al señalar hacia los recovecos de lo que alguna vez fueron imponentes columnatas, el alquimista lo interrumpió antes de que el viajante enunciara su consulta.

“Me estaba preguntando cuando empezarían a notarlo. No te preocupes, ya tomé precauciones.”

El viajante, preguntó igualmente con cautela: «¿Qué presencias acechan entre las piedras, maestro alquimista?

El guía, con una serenidad que solo los sabios conocen, respondió:

* «Son axioscifos, criaturas de la conciencia compartida. En lugares como este, donde la frontera entre el significado y el significante se desdibuja, las presencias humanas son como luces titilantes en la oscuridad. La mayoría son inofensivos, simples reflejos sublimados de nuestra propia consciencia. Son ecos compartidos, recordatorios vivos de que todo es uno y que uno es todo.»*

En este capítulo me gustaría indagar en las existencias que moran el Astracipher. En el plano del sentido existe una multitud de entidades que se filtran en nuestros sueños, en nuestras pesadillas y en nuestras historias. Existe una confusión arraigada, alimentada por nuestro antropocentrismo, que nos hace pensar erróneamente que los protagonistas y criaturas de nuestras historias emergen de la nada. Creemos que el artista, en un acto divino, los crea. Esto está evidentemente equivocado. El artista es un médium que agrega parte de su esencia a la invocación, pero no es un creador en su significado absoluto. Algunos de ellos perciben esta realidad, y entre risas, comentan “que sus personajes tienen vida propia” o que la escultura “implora nacer del mármol”.

Cuando era pequeño transcurría mis días en las orillas de los múltiples riachos que componen el delta del Río de la Plata. Para mí, salir de la ciudad significaba sumergirme en un universo distinto, una realidad que inundaba mis sentidos. Recuerdo vívidamente los días de verano con el canto de las cigarras de fondo, la vegetación poderosamente verde bajo los rayos del sol y las tardes de cuerpo cansado, donde solo quería volver a casa para relajarme con un baño. Por momentos, aún en la actualidad añoro aquellas horas de aventura, investigación y descubrimiento de un mundo desdibujado. Ante mis ojos, cada sendero, cada sombra de árbol, cada orilla de río rebosaba de oportunos tesoros. A veces dejo que las memorias del niño vuelvan a enseñarme lo que olvidan los adultos. La próxima vez que se encuentren frente a la naturaleza, les insto a mirarla… No como tantas veces, procesando monótonamente las ocurrencias cotidianas. Obsérvenla como una aventura, una sinfonía que se pulió hasta el cansancio por un universo que no perdona. La próxima vez que vean un ejército de hormigas transportar las hojas al interno de su colonia, recuerden a éste niño que pasaba horas mirándolas, y aun así, maravillado en su contemplación más absoluta, se preguntaba: ¿Cómo pueden colaborar de esta manera entidades tan simples? ¿Cómo sabe la hormiga neonata su función desde el comienzo? ¿Por qué todos los hormigueros, incluso los que están a kilómetros de distancia, se comportan de la misma forma?”

En ese entonces, ya intuía un vínculo entre todas las hormigas, entre todos los hormigueros. El niño también expresaba variaciones de la misma reflexión: ¿Cómo puede el hornero construir un nido tan precioso sin recibir instrucciones? ”. No solo sabe cómo construirlo, sino también cómo encontrar los materiales y dónde ensamblarlo. El ejemplo no tiene importancia, podría haber sido cualquier otro, como el baile ritual de algunos pájaros para buscar pareja o como una lagartija reconoce al depredador incluso antes de conocerlo. Era irrelevante que sus padres le regalaran un hormiguero artificial, un microscopio, un nido de hornero deshabitado o hermosos libros de ilustraciones; esas preguntas persistirían durante años.  Se le explicó que estos comportamientos eran forjados por la vida y la muerte, productos de la evolución. Tener un punto de referencia satisface la curiosidad, dando la ilusión de comprensión o de que hay una solución conocida. Sin embargo, acunado en mi antropocentrismo infantil, la categoría de humano estaba separada de la del hornero. Una esperanza inmadura aseguraba con orgullo: «Nosotros, los humanos, somos especiales». Aunque reconfortante, este enunciado chocaba con el siguiente que se repetía también hasta el cansancio: «Todos somos parte de la naturaleza».

Tardaría varias décadas en entender tanto el proceso de la evolución, como la solución a la paradoja. Finalmente, no somos tan distintos al hornero o a la hormiga como pensaba aquel pequeño de 5 años. Poco a poco, me alejé de la idea prevalente de que las experiencias vividas eran la causa principal de la personalidad de un individuo. Esta creencia se fundamenta en el principio de que, aunque existe una determinación genética, ésta nunca termina de definirse, permanece en un estado nebuloso que nadie debe explorar. Comprendo la existencia pragmática de esta barrera acordara. En el contexto de la posguerra, donde el racismo y la eugenesia fueron enemigos prominentes, nadie estaba dispuesto a abrir esa puerta. Es preferible fingir demencia y afirmar todas las noches que no existe nada al otro lado de ese umbral. En ese entonces, existía un depósito de conocimiento prohibido, donde la academia no podía negar su existencia, pero tampoco quería aventurarse a estudiarlo debido al desdén social y las complicaciones organizativas. Las heridas de la historia eran profundas y décadas después siguen traumatizando a la humanidad. Nuestro lienzo de conocimiento respecto estos temas tenían un agujero, una “Terra Incognita”, una zona prohibida a la que nadie se podía acercar. Innegablemente experimentábamos avances en la modificación genética de plantas y animales, la cría selectiva de especies y el estudio de enfermedades hereditarias, pero un poco más adelante existía una línea arbitraria dibujada con tiza junto a un cartel que rezaba: “prohibido pasar, los humanos somos todos iguales, no existen diferencias internas en nuestra especie y el 99% de nuestra personalidad está definida por nuestra crianza”. Nadie estaba dispuesto a estudiar ese supuesto 1%, incluso si en ese campo desconocido existían curas para muchas enfermedades, la capacidad de adaptarnos mejor a nuestro entorno o una justificación natural para la existencia de las orientaciones sexuales. Este desnivel tan radical dentro del corpus de conocimiento humano generaba un contrapunto, una anomalía en las densidades del saber, una incongruencia apócrifa.
Esta barrera era tan sólida que incluso hizo prosperar moho debajo de la alfombra. Teorías falsas empezaron a popular el debate público. Una de la más reconocidas es “la teoría de las inteligencias múltiples”. Medir el IQ como predictor de éxito o como capacidad en si misma es impopular. Por lo tanto, para contentar a todos en nuestro ambiente diverso, donde nadie puede ser cualitativamente diferente, se animó a buscar «facetas» de la inteligencia. Hoy en día todo este desarrollo ha sido desmentido por análisis estadísticos y posteriores estudios. La inteligencia lógica está altamente correlacionada con el resto de las facetas, donde la mayoría tienen una raíz común.

En los tiempos que corren la comunidad científica remueve con terror ese velo que no deja ver más allá, poco a poco se está disipando esa niebla de censura investigativa. El estudio del genoma humano y como afecta a nuestras capacidades, intereses y potencial; está viviendo una época dorada. El adolescente de aquel entonces inició una transición marcada por un patrón que lo desconcertó. Una observación anidó en lo más profundo de su mente. Lector, preste especial atención a la siguiente pregunta y reflexione antes de continuar. ¿Por qué en todos los folclores existen pirámides, dragones, demonios, entidades del bosque y fantasmas?

Todas las civilizaciones del mundo cuentan las mismas historias. No importa en el continente que uno se situé, no importa que escala temporal uno elija, y, además, es indistinto si la cultura puntual no tiene vínculos con otras. Los mismos personajes y eventos recorren sus historias en un devenir cíclico que nos atrapa. Criaturas, guerras divinas, castigos, sacrificios y héroes están presentes con un simbolismo que los aglomera, que nos une como hermanos dentro de la humanidad. Los dioses portan distintos nombres y particularidades; pero su comportamiento y su rol en las leyendas es el mismo. Detrás de la historia de Prometeo, existe una mucho más antigua, global y persistente que se muestra con distintos matices dependiendo de la sociedad que la cuenta. Esta entidad, cómo las demás, yace somnolienta y sepultadas por las arenas de los siglos. Su nombre verdadero, si es que así se le puede llamar, está perdido en los albores de nuestra existencia. Probablemente esa idea primigenia se remonta a criaturas que ni siquiera hoy consideraríamos humanas.  Estos son los famosos arquetipos. Si encontráramos una tribu perdida viviendo en una caverna, podríamos usarlos a modo de lazo sincrético para conectar mediante historias compartidas con ellos. Si hay algo que nos une a todos los homo sapiens y en cierta medida a otras variantes de homo; debe ser un patrón que se hiló previo de nuestra diáspora por el planeta. Los ritos vinculados a los ciclos y al peso de las estaciones deben sus orígenes a formas de supervivencias previas a la creación del concepto “yo”. Tanto las historias mitológicas y folclóricas del pasado como aquellas que creamos hoy en día para consumo multimedia, son solo cambios estéticos a una narrativa común. Dentro de nuestra definición de “ser humano” también entran estos conceptos pretéritos. Estas entidades con millares de formas son nuestro “nido de hornero”, son los Axioscifos. Jung, atormentado por esta misma pregunta, los llamaba arquetipos. Él suponía una conexión mística entre todos los humanos dentro del “subconsciente compartido”. Hoy en día se están buscando caminos más modernos, donde las historias son un proceso que moldea un remanente de información evolutiva. Los niños son propensos al miedo a la oscuridad, es un miedo ilógico e irreal dentro del hogar seguro. Sin embargo, con su imaginación los niños dan rostro a sus propios monstruos. Cuando nosotros consumimos contenidos de horror, lo que nos revuelve el estómago, no es algo lógico, es una suma de elementos contextuales que irremediablemente nos empujan hacia una emoción. No obstante, pese a que entendamos racionalmente nuestra seguridad durante la película, algo perturba fuertemente las partes más antiguas y simples de nuestro cerebro. Por eso podemos comunicarnos esta emoción de manera tan eficaz. Un ratón teme instintivamente a la serpiente, no busca entender, reacciona. Es un temor moldeado por millones de años de evolución. Si al conjunto de ese tipo de impulsos de supervivencia le sumamos las percepciones y la arquitectura en la cual nuestro cerebro evolucionó para procesar la información; entonces tenemos una evaluación sesgada, un marco de entendimiento que vive en todos los seres humanos por igual.

Si me preguntan si existen los demonios y los dioses, debo admitir que sí lo hacen, pero de una forma distinta a lo que el público promedio imagina. Los seres que habitan en nuestra espiritualidad son reales, solo que se encuentran hilados en nuestra propia humanidad. Hagamos un ejercicio mental para que pueda comunicarles mejor la antigüedad remota de estas existencias. Haré foco en algunos elementos que se repiten en nuestras historias, estos son solo un puñado de los que ya encontraron los psicólogos evolucionistas. Si ejercitan un poco la imaginación, encontrarán muchos más.

El árbol aparece como símbolo en casi todas las mitologías. Representan la estructura de nuestro mundo, almacena el significado, que exhibe en forma de hojas o de frutos. Las serpientes, al igual que todo lo que tenga una esencia similar, representa el depredador. Este arquetipo también tiene colmillos, garras y una mirada helada que no considera a su presa como un ser sensible. Además, exhibe con frecuencia alas o capacidad para cambiar su forma. Después de todo, la serpiente se mimetiza, nos engaña para buscar nuestra vulnerabilidad y en ciertas ocasiones es indistinguible de un humano. Por otro lado, el fruto representa lo que deseamos. Nos permite crecer, evolucionar y obtener grandes beneficios, pero siempre a un costo que usualmente desconocemos.  Perséfone lo devora atándola al inframundo y transformándola en una diosa de la vida y la muerte en todo su potencial. En el viejo testamento, sucede algo similar. Obtenemos el poder del conocimiento, pero nos arroja a un mundo menos que ideal. En las gélidas tierras del norte Idunn protege las manzanas que dan vida eterna a los dioses y alimenta sus poderes divinos. En otro relato, una pequeña manzana trazó el fatal destino de la ciudad que dominaba el comercio del Egeo. La manzana de la discordia le permitiría a Paris de Troya alcanzar cualquier cosa que un mortal quisiese, pero el costo a pagar sería demasiado alto.
Lector, confío que ya puede hilar este patrón. Por millones de años fuimos primates donde nuestro mundo era el árbol. En sus raíces se encuentran los frutos maduros, pero también espera pacientemente la muerte. Nuestros principales depredadores eran águilas, serpientes y felinos.

Se cree que los ojos sin contraste entre esclera y pupila o las miradas perdidas típicas de las películas de terror, también parten de una presión evolutiva similar. Siendo un animal inteligente y colaborativo, la mirada fue nuestro primer lenguaje de señas. Lo que observamos, es lo que capta nuestra atención. Poder leer eso en otros es importante para evitar conflictos y coordinarnos. Por eso a diferencia de otros primates, la intención de nuestra mirada es fácilmente reconocible. Podemos saber dónde mira otro individuo, aún a varios metros de distancia, debido al contraste presente en sus ojos. Tenemos un terror innato por miradas estáticas que no comunican emoción y ojos que no presenten este contraste.

Otro ejemplo similar es la psicología de los colores, ampliamente estudiada por el marketing y utilizada para alterar nuestra percepción frente algún suceso. Es sencillo entender la frescura relajante del verde o el impacto que nos genera el delicioso peligro del rojo. Sigan los pasos hacia nuestra evolución y todo está escrito en nuestro ADN.

Contestando al concepto inicial, las criaturas inenarrables que nos persiguen en nuestras pesadillas, los dioses a los que rogamos con destellos de esperanza y los héroes que emulamos en nuestro día a día; existen. No solo existen, persisten en el marco con el que procesamos la información. Ellos son el Aleph con el que percibimos el universo, ecos inmemorables con olor a primate que fungen como un espejismo inescapable de nuestra propia humanidad.

Estos conceptos tan amplios y antiguos dan fruto a otros más pequeños y fugaces. Los memes que dominan las redes apelan a nuestras estructuras comunes. A diferencia de los Axioscifos normales, se distancian un poco de nuestra comprensión heredadas con el fin de captar la inmediatez del ahora. Desde su propia definición brindada por Richard Dawkins, son patrones básicos que se replican y transfieren en nuestros medios como virus. Están sujetos a una presión evolutiva basada en nuestro humor. Se expanden y mutan, ¡casi parecieran estar vivos!. Son la nueva guardia de los arquetipos, un fenómeno de las redes sociales y, asimismo, hijos de una herencia primigenia. Mientras los otros son concepto antiquísimos y colosales, esta nueva generación de patrones cambia el plumaje rápidamente.

Este tema es extenso, pero es hora de destilar el contenido y documentar en nuestra pequeña bitácora alquímica. En primer lugar, el orgulloso hombre de Vitrubio del genio Leonardo Da Vinci, se encuentra incompleto. El humano es algo trascendente a sus proporciones. Una sabiduría intrínseca se encuentra escrita en nuestro código genético. Detrás de esto se encuentra un poder abrumador que se ejerce cada vez más sobre la humanidad. Entender que no existe la “tabula rasa” implica, cómo mínimo, que todos los seres humanos perciben la realidad con un sesgo. El sesgo es un filtro, una transformación de los datos reales que nos permite experimentar una realidad únicamente desde ciertos lugares comunes. Este principio alquímico tiene un poder descomunal como veremos más adelante en otros capítulos. Muchos alquimistas de datos, apoyados por los modelos que perciben estos sesgos, pueden explotar este potencial para diseñar ingenierías sociales que hechicen a una parte de la población.

Toda obra artística es una percepción de estos patrones en nuestra consciencia.
Toda percepción nuestra y creación intelectual gravita frente a este sesgo humano, incluso nuestra forma de resolver problemas tiene restricciones.

 Si este marco evolucionó junto a nosotros desde la primera célula procariota, podemos afirmar que, en los abismos del tiempo, toda la vida comparte un subconjunto de estas entidades. Puede que un perro no comparta con nosotros el camino del héroe o el arquetipo del loco sabio; pero les aseguro que entiende el terror pretérito a la oscuridad, la inseguridad de ser observado a la distancia o el pánico que genera la carcajada aberrante de un incendio desmedido.

En el campo de la ciencia, existe un lenguaje común a la vida. Se llama la Comunicación Interespecies. Cuando vemos videos de perros pidiendo salir a la calle o una comunicación graciosa entre un perro y un gato; nos referimos a esto. Al igual que nuestros arquetipos, el lenguaje tiene una semilla común que fue modificándose en los eones de evolución. Por ello, cuando un oso gruñe y se yergue en dos patas, cualquier mamífero entiende inmediatamente el mensaje.

Dicho todo esto, tallemos en piedra los principios alquímicos que vinculan a los Axioscifos.

  1. Las entidades prexisten al individuo.

  2. Las entidades mutan y se desarrollan en forma de capas junto a nuestra evolución.

  3. Las entidades afectan directa o indirectamente nuestra conexión con el universo.

Hay algo hermoso en todo esto. Nuestras creaciones retornan con otros colores, otras formas y otras interpretaciones. Todo es un eterno retorno como diría el filósofo alemán, pero juntos reprocesamos el significado y hacemos avanzar la narración de toda la humanidad. Parir estos principios fue laborioso, pero estoy casi seguro de que todos ustedes comparten parte de este esfuerzo. Después de todo, creer que yo hice este razonamiento de la nada absoluta es tan arrogante como el hornero que considera su nido único.

*El viento siempre sopla quejoso en la abandonada Etraluum. Parece como si la pena buscara suplir las voces que alguna vez retumbaron en sus callejuelas. ¡Que magnífica es en su caída Etraluum!. Sin embargo, hay llamados que no conviene seguir.  Hay mensajes que no están pensados para los humanos y el sabio conoce hasta qué punto dejarse guiar por su locura. *