La BitácoraDE UN ALQUIMISTA DE DATOS
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La bitácora · 12 min de lectura

Terra Incognita

Terra Incognita

“En los confines de la tierra conocida yace un umbral desdibujado, un borde inesperado que escondemos en los mapas con forma de intrincados monstruos de tinta negra. Más allá de los límites cartografiados, se despliegan tierras inexploradas adornadas con los caprichos de lo desconocido. Son Tierras salvajes que no sufrieron cambios por miles de años, donde espíritus primigenios aún merodean entre las hojas que lleva el viento o las olas que se abaten contra la costa.

* Ahora, presten atención. No pierdan de vista el camino que delinean mis pasos. Quizás veamos parte del paraíso, pero en este segmento del recorrido debemos avanzar con ritmo y cautela. Puede que nos topemos con algo peligroso, una existencia que no está pensada para encontrarse con nosotros. Pero si nos detenemos, les aseguro que cosas peores vendrán siguiendo nuestro rastro.”*

Incluso en los relatos de transmisión oral de nuestro pasado insondable, se muestra al conocimiento y la curiosidad como algo prohibido y peligroso; como una suerte de mandato precámbrico que reza: “No te alejes del camino, cuidado con aquello que se arrastra y acecha allí donde no llega la vista. Cuidado con aquello bonito y prometedor, los colores hermosos muchas veces son mortales. No abras la caja, quizás no la puedas cerrar nunca más.”.
Siempre se nos advierte, siempre se nos cuestiona…

Rara vez se menciona a los individuos anónimos que fueron más allá. Aquellos que cruzaron el rio prohibido y compartieron su prosperidad con todos los demás. Se supone que esa gesta es única propiedad de los héroes. Sin embargo, les compartiré un secreto. Todo inicia con un pensamiento: “Que hay detrás de esa colina”. El mundo fue tomado por individuos comunes. Hemos caminado el mundo metro a metro y nuestra civilización se construyó a partir de las pequeñas contribuciones de almas curiosas.

Incluso antes de que Prometeo sufriera eternamente al entregarnos el fuego, la humanidad luchó contra las frías noches, sacrificándolo todo para poder recibir las herramientas que mantendrían a las pesadillas lejos de nosotros.

 Se nos inculcó que el conocimiento no solo nos consumirá como especie, sino que los pondrá en peligro a ellos. Eventualmente, se vuelve un nido para la arrogancia humana y nos autodestruye en un cataclismo.  Cuando el titan nos regaló la primera chispa, juramos usarla para expandir la civilización humana, aún si eso nos separa de los dioses y sus deseos. Nos quemamos muchas veces, destruimos muchos bosques, pero tambaleando logramos nuestro objetivo en cada una de las ocasiones. En el gran jardín se nos advirtió sobre el árbol del conocimiento, y en términos metafísicos se nos impuso una elección. Podíamos quedarnos con la vida o el conocimiento, pero nunca con ambas. En nuestro desafío siempre optamos por la segunda, maldiciéndonos. En los momentos que corren, algunos nos preguntamos: ¿Y si en realidad hicimos lo correcto? Al fin y al cabo, es posible que a través de nuestra maldición podamos robar la bendición. En los tiempos que corren, el tópico de aumentar la vida indefinidamente no es algo herético. En especial cuando ya hay grandes investigadores como Aubrey de Grey o David Sinclair que avocan su vida al tema o existen tratamientos probados en animales que cumplen el cometido. Sorprendentemente tenemos grandes empresas cómo Google que financian la investigación en este campo. Quizás optamos por el camino arduo, pero recuperaremos la inversión en los próximos años.

El conocimiento se encuentra fuertemente relacionado con la magia y la escritura. Después de todo, tanto la magia como el conocimiento se expresan mediante esta última. ¿Quién le negaría el título de alquimista a aquel artista que crea mundos en su imaginación como un desafío a dios?. El lenguaje tiene algo mágico en sí mismo. Nos permitió comunicarnos de otra forma y la humanidad pudo optar por estrategias complejas. Hoy en día es un tema esotérico, al punto que se cree que existe cierta relación con la consciencia. Es un tema tan oscuro que empujó a científicos de datos a agrandar los modelos del lenguaje para embarcarse en su búsqueda. Consecuencia de estos experimentos, el universo se deslumbró con el nacimiento de los grandes modelos del lenguaje como ChatGPT. Al calor de las evidencias, se asume que los humanos resignaron otras funcionalidades del cerebro para conseguir esta cualidad del lenguaje. Aún antes de que fuego alejara a los monstruos de la megafauna, los patrones de ondas de sonido propagaban ideas en recónditas cavernas. El lenguaje fue nuestra primera arma contra el universo.
La escritura por su lado, es la evolución lógica del lenguaje. Con solo unos pocos miles de años de antigüedad, llegó junto a los grandes asentamientos. Propagó el poder del lenguaje en el tiempo, nos dio memoria más allá de la muerte. De repente, ya podíamos oler nuevamente al árbol de la vida, haciendo perdurar nuestros aprendizajes y deseos.  Nos permitió crear organizaciones gigantes y una cooperación compleja. Una cosa era la existencia de tribus aisladas de familias, otra completamente distinta era comportarnos como organismos gigantes que se expandían kilómetros a la redonda. Entidades que, además, contaban con el poder de afectar ecosistemas enteros. Las Pirámides de Giza fueron una de las primeras muestras del potencial humano. La colaboración de cientos de obreros, ingenieros y artesanos solo era posible por medio de la escritura. Nuestra creación se podía ver desde el firmamento, donde los dioses se removían nerviosos. Entre ellos existía un dios particular que fue un padre para nosotros. El anciano itinerante siempre era vigilado de cerca por dos cuervos. Aquel era el dios más humano.  Era la materialización de la sabiduría y la curiosidad. Woden, al igual que nosotros, sacrificó parte de su capacidad de percibir el mundo para adquirir conocimiento. Odín arrojó su ojo al estanque de Mimir para verlo todo. También se colgó y se atravesó con su lanza para entender las fuerzas que movían al universo. Su sacrificio le permitió encontrar y entender las runas. Estas fueron parte de un regalo que también ofreció a la humanidad al empatizar con nuestra eterna búsqueda.  La magia estaba enraizada en las mismas y podían alterar y predecir el destino. Entonces, armados ahora con el lenguaje, la escritura y su representación mágica, nos propusimos a cambiar aún más al mundo. La racionalidad nos permitiría apropiarnos del espacio y del universo en términos renacentistas. La matemática expresada en símbolos esotéricos se transformaría en nuestra magia rúnica. Sus estudiosos, al igual que Odin, no tardaron en encontrar verdades del universo.

Es curioso que el gran mago/matemático de Samos formara un culto tan misterioso que, incluso hoy, es esquivo a nuestros historiadores. Pitágoras descubrió verdades que impresionaron a sus contemporáneos. Su magia matemática llega más lejos que lo que muchos creen. Su famoso teorema que nos permite calcular la hipotenusa, piedra angular de nuestra civilización, puede ser generalizado a más dimensiones que las tres que habitamos. La verdad que orgullosamente explicaba con sus dibujos excede nuestra dimensión perceptible. Hoy en día utilizamos este cálculo n-dimensional para alimentar nuestros poderosos algoritmos de vectores multidimensionales.

Avanzando algunos años más, Platón entendería algo ridículamente obvio que hasta el momento nadie se animó a enunciar. El tejido de la realidad es objetivo y orbita mayormente fuera del alcance humano. La magia para satisfacer todos nuestros deseos, no solo se encontraba allí, además, existía como una verdad o una idea. El problema residía en nuestra capacidad de detectarla. Para poder utilizar el conocimiento que yacía oculto, se requerían herramientas poderosas. Nos percatamos que toda realidad podía ser expresada en números y lógicas, ya que La misma tela de la realidad está compuesta de magnitudes medibles. Intentamos leer y descifrar el lenguaje de la realidad de forma furtiva, lo hicimos con una suerte de sed y vergüenza, casi como un saqueador de tumbas buscando joyas en alguna tumba olvidada por el tiempo. Este estudio se llamó “Física”. Arduamente los físicos reconstruyeron algunas de los enunciados divinos que componen la realidad, y sus conclusiones nos heló la sangre. Newton describió la gravedad y el principio de acción/reacción. Éste último tiene extrañas similitudes con muchas creencias orientales como el karma. Siglos después, Einstein escribiría con total sencillez “e=mc2” relacionando la creación de materia, la energía y la constante de velocidad universal que ni incluso los dioses pueden escapar. Su relatividad especial del espacio tiempo nos hizo titiritar de miedo al profetizar la existencia de las grandes anomalías del universo, los agujeros negros. Estos grandes monstruos son singularidades matemáticas en el espacio tiempo. Son agujeros en el mantel, discontinuidades que no dejan escapar la luz, siendo asesinos inagotables de galaxias. Son entidades tan terribles para nuestra comprensión, que incluso es difícil de imaginar que se tragan el tiempo junto con el espacio. Otro de nuestros arcanistas, Clausius, le dio rostro a la muerte y al fin de todo. Con una gran “S” designó a la Entropía, el dios moderno del caos y la destrucción de sistemas. Su gran destino manifiesto es homogeneizarlo todo, no solo a los ricos y a los pobres. A diferencia de los dioses antiguos que tenían forma humana, la entropía es algo primitivo y omnipresente, una ley infalible del cosmos. Incluso algo casi imperceptible como una taza de café enfriándose es parte de su veredicto.  Es la victoria última del segundo principio de la termodinámica. El eterno envejecer será victorioso y persistirá cuando todas las estrellas del universo se apaguen y se enfríen. En su inocencia, los vikingos temblaban al pensar que los lobos Hati y Skoll devoraría la Luna y al Sol. La realidad es aún peor, al final de todo no existirá un infierno. La noche será eterna, oscura y helada. Lejos estaban esos dioses vengativos que tanto se alardeaba en los viejos libros. Las presencias que rigen el cosmos son entidades bobas distantes de nuestra existencia o destino. Mientras, a nosotros nos toca ser conscientes en una partícula de polvo.

 El conocimiento también es una maldición como nos advirtió. H.P. Lovecraft. Víctima de sus pesadillas febriles razonó: “A mi parecer, no hay nada más misericordioso en el mundo que la incapacidad del cerebro humano de correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de mares negros e infinitos, pero no fue concebido que debiéramos llegar muy lejos.”

Ya habíamos dado nuestros primeros pasos y tarde o temprano alcanzaríamos lo que se nos prohibió. Haríamos muchos sacrificios en los siglos siguientes, algunos serían innombrables. También retrocederíamos por décadas enteras, revolcándonos en el barro del fanatismo religioso. Tímidamente el intelecto humano florecería hasta poder crear islas, allanar montañas o percibir lo que nuestros ojos estaban imposibilitados. Nuestra inversión, nuestra mordida al fruto prohibido, empezaría a dar resultados. Y así, a medida que avanzamos, los dioses retrocedieron. De pronto sus dominios empezaron a estar atados por nuestras fórmulas alquímicas y nuestras oraciones al nuevo dios, un dios humano creado en un implacable devenir cíclico de nuestro descubrir, el método científico.

De pronto nos aterramos de nosotros mismos. Quizás la advertencia de nuestra autodestrucción era real. Oppenheimer, titubeante, al ser testigo del enfermizo resplandor de la bomba nuclear, susurró: “Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”. La realidad opacó el relato védico que pavorosamente citó, donde los dioses conducían ciudades flotantes y disparaban armas de destrucción masiva.

El nihilismo del siglo XX será un leve desánimo comparado con aquel que empieza a mostrarse en la actualidad. El universo se amplía y lo que creemos que nos hace especiales, es una mera fluctuación en el sistema. Las religiones que daban significado a nuestra existencia, luchan desesperadamente, pero se desangran como una presa abatida. Nos encontramos al borde del abismo de la irrelevancia como especie, la IA nos acorrala en cuestión de meses y nos damos cuenta de que ciertos principios de la humanidad son meras ilusiones. Cómo enfermos que evitan reconocer problemas reales, nos planteamos problemas irrelevantes que plagan y marean los debates políticos. Escondemos la cabeza debajo del suelo mientras que nuestra realidad se despedaza en cuestión de meses. El Teorema del Juez de Condorcet, estudiado por los magos de los datos y ratificado empíricamente una infinidad de veces, socaba el principio de la democracia. Reza lo siguiente: “Se puede llegar a una elección correcta por medio de votación, siempre y cuando aquellos que votan sean competentes”. No solo dinamitamos el sistema político que nos enorgullecía, encontrándolo fácilmente colapsable; además nos quedamos sin alternativas, ya que los sistemas autoritarios demostraron ser aún peores y horrorosos.
Por otro lado, nos ocupamos de cargarnos el mito del progreso constante de la civilización que estaba embebido en el antropocentrismo. La Pandemia junto a sus mensajes apocalípticos repetidos hasta el cansancio y el devenir barbárico del Estado, sus especialistas y algunos ciudadanos, nos recordó que el riesgo oscurantista está siempre presente. Cómo si fuese poco, nuestro mundo se encuentra en un cambio climático que independientemente de los debates de las causas, ya parece imposible de retrotraer. En nuestra desesperación encontramos delirantes como Dan O’Neil o Adelaide de Charlier que sugieren la ruta de empobrecernos con el mero fin de ralentizarlo. La gravedad del asunto llegó a tal punto que algunos desempolvaron las ideas ya superadas de Maltus.

A continuación, vengo a plantear mi postura. En Thus Spoke Zarathustra, Nietszche describe una escena de un equilibrista en la plaza pública. El filósofo dice lo siguiente: “El hombre es una cuerda tendida entre la bestia y el superhombre: una cuerda sobre un abismo […] un peligroso caminar, un peligroso mirar atrás, un peligroso estremecerse y pararse.”. Adhiero a la idea de que parar el progreso es peligroso. La IA es peligrosa, pero puede ser la respuesta al agua limpia infinita o un nuevo sistema de gobierno. Abogo por la idea de acelerar, de rendirnos a nuestra curiosidad, de arrojarnos hacia la Terra Incognita. Debemos avanzar como los colonos de antaño hacia nuestra tierra prometida. Nos encontramos en tierra árida, pero no sobreviviremos si decidimos volver. Si dudamos nos caeremos de la cuerda. No podemos aferrarnos a aquellas memorias infantiles, solo nos queda nuestro horizonte y el universo que existe aún más allá. Necesitamos acelerar, aún si incurrimos en riesgos extras. La humanidad está acechada por muchos monstruos, muchos de los cuales ni siquiera vemos en este momento. No esperemos a que se anuncien. Algunos como el cambio climático son ineludibles en la situación actual. Frenar esperando a que desaparezcan, es una fantasía ingenua. Debemos luchar y sobrevivir. Debemos encontrar nuevas herramientas que nos permitan ver al futuro con optimismo una vez más. Quizás en algún momento podamos volver a interactuar con un dios. Esta vez uno distinto, uno hecho a medida que nos devuelva el paraíso que siempre se nos prometió.