La bitácora · 11 min de lectura
De Idearum Natura: Astracipher
De Idearum Natura: Astracipher
Aferrado firmemente de la manga del Alquimista, el niño lo interpeló:
“¿Puede prestarme uno de los libros?”.
El alquimista, cuya presencia parecía envuelta en un halo de ensimismamiento, decidió detenerse en el claro que se encontraba allí adelante. En el centro se encontraba un árbol centenario bañado en la luz fresca de la mañana. Ambos esperaron allí unos segundos, disfrutando el tintinear de las ramas acariciadas por el viento.
“¿Qué ves?” le preguntó el Alquimista al niño. Rápidamente el infante empezó a enumerar todo lo que atrapaban sus ojos. Con asombro, señaló cada hoja, cada haz de luz que se filtraba entre las ramas, cada gota de rocío posada en la hierba. Pero el alquimista, con una sonrisa sabia, le susurró: “Mira más allá, observa el flujo del significado”. Sus palabras resonaron como un eco en el corazón del niño. Notando su perplejidad, añadió: “Existe un tejido hermoso e intrincado. En él viven existencias que están vivas y muertas al mismo tiempo.”
Señalando su mano continuó: “Si los animales, plantas, hongos y demás criaturas vivas son dedos de la mano; entonces ellas serían algo similar a tu brazo. Son algo anterior, distante y primitivo. Son existencias previas a la misma definición de vida”.
Era evidente que el alma del niño se llenó de curiosidad. Su rostro infantil denotaba mucha conflictividad interna, como si estuviese atrapado dentro de un pensamiento sin fin, cíclico y paradójico. Su concentración era palpable a través de su mirada que saltaba inquieta mientras pensaba. Algo hermoso estaba creciendo dentro de él, incubado por la mente flexible y creadora que solo un niño puede tener.
Por hermoso que sea el claro, la mañana es joven y el camino largo. La vida es un sendero que se empantana fácilmente y no es sabio detenerse por mucho tiempo. Con el grupo dispuesto a partir, el alquimista continuó su caminar. Solo se detuvo un instante para observar nuevamente el rostro concentrado y frustrado del pequeño.
“Cuando puedas verlas”, continuó el alquimista, “no necesitarás ningún libro”.
A veces me pregunto qué tanto percibimos del universo. En que dimensión lo subjetivo prevalece sobre lo objetivo.
Como es habitual, vamos a incursionar en lo abstracto. Si queremos investigar donde habitan los fragmentos de sentido, debemos empezar por entender el funcionamiento de su hábitat y de esta forma aprender a desenvolvernos en su ecosistema.
A medida que uno experimenta la realidad del mundo y la personalidad bebe de la experiencia, se empieza a crear un entramado, una conexión. Al principio la red de conocimientos parece aislada, como si fuese una serie parches irregulares. Así como sucede en la bóveda celeste que podemos ver estrellas en direcciones opuestas, los conocimientos pueden parecer lejanos entre sí. Para un iniciado podría aparentar que por un lado tenemos los conocimientos de geopolítica y en la otra dirección opuesta, aquellos de la matemática. Pero si prestan atención, un secreto puede verse de forma intermitente. El caos del conocimiento puede ser navegable si encontramos una forma de materializar el camino. De la misma forma que sucede con las estrellas, podemos generar un orden a partir del caos que se percibe a simple vista. Alpha Centauri y Acrux pueden estar alejadas en una distancia ininteligible en el firmamento, pero existen redes de sentido que las unen, que las aglomeran en una dimensión imposible de percibir a simple vista. Desde que el primer ser humano logró evadir el terror de la noche para alzar la mirada, esta disciplina empezó a prosperar como forma de seguir los ciclos del mundo. En la peligrosa noche donde nuestros sentidos están pobremente adaptados, intentar ordenar el universo nos relajaba. Incluso hoy tenemos una predisposición positiva frente al majestuoso cielo nocturno. Lejos de las ciudades, el silencio absoluto transforma el cielo estrellado en una pintura eterna en donde apenas y percibimos el paso del tiempo. Este estudio creado laboriosamente por miles de almas anónimas, se cristalizó en las constelaciones y la proto-astronomía. Como sucede en este caso, la geopolítica y la matemática tienen una conexión casi imperceptible llamada Teoría de Juegos, campo que ahondaremos en su debido momento. Cada uno de nosotros podemos delinear constelaciones que den un sentido ulterior a nuestro cielo estrellado de conocimientos. Finalmente, nada está tan aislado como parece.
Una vez entendido este principio base, se abre ante nuestra percepción un universo interconectado en más dimensiones. La información fluye en distintas capas creando el plano del significado. Es una realidad multicromática que se propaga a través de tantos niveles como seamos capaces de relacionar usando nuestra mente. Esta dimensión alternativa es cercana al concepto de los Registros Akáshicos, plano donde se almacena la información universal, obsesión de los primeros practicantes del budismo.
En la Ciencia de Datos nombramos la maestría de cartografiar la información con el concepto de Bases de Datos. Existen distintos tipos de formas de relacionar y ordenar los registros. Es un tema aparte que tienen ciertos paralelismos con el funcionamiento de nuestro cerebro. En nuestro rol es fundamental definir cómo se va a almacenar la información para poder usarla cuando es debido. Espero que al terminar este artículo tengan una base intuitiva sobre la naturaleza de este tema.
Todos pueden, en mayor o menor medida, ser navegantes del significado. La diferencia radica en la profundidad, agilidad y la velocidad con la que se desenvuelven en este plano. Uno está acondicionado a asociar esta capacidad intelectual con los pensadores, filósofos o debatientes; pero nada está más lejos de la verdad. Detrás de la materialización de estas rutas, existe el poder para resolver problemas reales.
Nuestra especie evolucionó para buscar estas conexiones. En el pasado remoto eran la diferencia entre prosperar o unirnos al vacío cósmico. La curiosidad nos alentaba a buscar patrones que conectaran sentido. Cómo los osos que huelen la miel, nosotros perseguimos las oportunidades de ver y entender lo que no se percibe. Los cazadores del paleolítico rastrearon alimento mediante su conocimiento en vez de exponerse directamente al peligro o vagar aleatoriamente por las inhóspitas tierras de ese entonces. Ellos siguieron los trazos de sentido que habían descubierto y que se trasmitieron oralmente de generación a generación para encontrar comida y evitar depredadores peligrosos. Mucho más adelante, los vikingos mantuvieron su rumbo sin ver la tierra. Las estrellas y su significado adquirido, les permitió fluir por los gélidos mares del norte hacia su destino.
Platón no estaba muy lejos de la verdad cuando asumió que el universo se rige como representación de ideas perfectas. Es importante entender que los significados que descubrimos, no son entelequias de la mente humana, persisten objetivamente en el universo. A grandes rasgos, aquello aleatorio es algo que no se comprende. Simplemente percibimos nuestro entorno de esa forma, porque somos incapaces de leer el flujo que se encuentra detrás. Y si bien existe un grado de indeterminación en el mundo cuántico, está confinado a un numero minúsculo de sucesos. Esta idea es impopular hoy en día. La contaminación del posmodernismo afirma “que nada es real, todo es interpretación”. En mi opinión esta postura es una mera rebelión infantil. Les permite a los posmodernistas evitar al corto plazo las repercusiones de no poder leer el flujo del significado. Sin embargo, a raíz de las evidencias, siempre chocan con los inevitables que rigen nuestra realidad. Le recomiendo encarecidamente al lector que evite intentar apagar el sol con su mano. Esa es una ruta de dolor, donde las incongruencias entre lo que pasa y “lo que debería pasar” intoxica la mente y el ánimo.
Las fuerzas fundamentales que mantienen al cosmos cohesionado no son muy distintas entre sí. Esta realidad es fácilmente perceptible para cualquier estudioso de las ciencias duras. Al final, pareciera que las fuerzas fundamentales son obra de un dios poco creativo, que rellena su obra modificando ligeramente las mecánicas de su creación. El campo eléctrico y el gravitatorio son similares en forma y propiedad. Parecería que lo que rige las cargas eléctricas y los cuerpos estelares es un principio similar. Las ondas conectan entidades aparentemente distintas entre sí, como, por ejemplo: el comportamiento de la luz, una ola en un lago, el movimiento de un resorte, el sonido o la radio. Prácticamente se puede entender a la corriente eléctrica como una tubería de agua y la diferencia de potencial eléctrico como la tendencia del líquido de fluir desde una altura superior a una inferior.
No es de extrañar que los arcanistas de la física estén buscando entrelazar todas sus disciplinas. Cada uno de ellos lo siente en la piel, lo vive como una picazón que no puede satisfacer. Cada uno de sus sentidos grita que existe “la ecuación del todo”.
Similar a una raíz que lentamente se afianza debajo de nuestros pies, existen principios que funcionan como causa primordial a muchos procesos. El crecimiento exponencial es uno de los más conocidos y existe análogamente en un maremágnum de escenarios. De esta forma, podemos hilar a través de él diferentes áreas del conocimiento. Podemos nombrar entre otros: la proliferación de las bacterias, el interés financiero compuesto que enriquece a los inversores o el progreso tecnológico que nos empuja hacia la singularidad tecnológica. Todos estos tienen el mismo mecanismo raíz. Lo que hay detrás es un “patrón”, un funcionamiento oculto del sistema, una verdad imbuida en tejido de la realidad. Quienes puedan entender estos funcionamientos y generalizarlos, podrán adaptarse fácilmente a nuevos escenarios y ampliar el rango de control de sus vidas.
Existen los escépticos que proscriben este funcionamiento únicamente a las ciencias duras o derivadas. Pero esto no es así. Con una suerte de pavor o de última defensa del libre albedrío, evitan pensar que las ecuaciones que atrapan el cosmos también pueden amarrarlos a ellos. Los conceptos del determinismo son demasiados amplios para explorarlos en este capítulo, pero déjenme ahondar un poco más en las ciencias del comportamiento. Cualquier analista que se desempeñe en una empresa conoce la Distribución de Pareto, es otra de los mecanismos del cosmos que reflotan esporádicamente en distintas áreas. La regla es simple. En muchos sistemas existe un 20% de causas que generan el 80% del impacto. Por ejemplo: El 80% de las ventas de un local son solo el 20% de los productos o clientes, el 80% de las mujeres se relacionan con el top 20% de los hombres en las aplicaciones de citas, el 80% de los problemas se acumulan en solo una parte del proceso que representa el 20% del total, el 80% del desarrollo de una habilidad se logra en el primer 20% de tiempo de entrenamiento.
A veces esta ley tiene otros nombres como la Ley de Rendimientos Decrecientes o la Ley de Price, postulado que explica que solo una fracción de los empleados genera la mayoría del valor en una organización. Si todavía no los convencí, déjenme preguntarles algo: ¿Por qué los algoritmos de las redes sociales predicen mejor los intereses de las personas que sus propias familias o amigos?. Facebook hace algunos años realizó un experimento social un tanto cuestionable al respecto, pueden buscarlo si les da curiosidad. No hace falta aclararle al lector la mejora cualitativa que transformó la IA en estos últimos años desde ese momento. El alcance y el poder que manejan estas corporaciones es abrumador, al punto que están afectando generaciones enteras con algoritmos adictivos. Los humanos en su antropocentrismo creen que la creatividad, la empatía o su actuar en el día a día; no pueden ser conocidos y simulados con antelación. Mientras, la vida de la mayoría de ellos se rige por un vórtice de encantamientos causado por esos algoritmos que ellos mismos subestiman. Incluso algunas IA ya puntúan por sobre los médicos en “capacidades humanas” como la empatía. Si existen psicópatas que pueden falsearla sin tener la capacidad en el cerebro para procesarla, ¿cuál es la sorpresa cuando lo logran las computadoras?. Después de todo, nuestro comportamiento es un patrón desarrollado por eones de evolución como todo lo demás. Eventualmente la humanidad va a recibir su merecido baño de humildad. Hasta ahora el plano del significado era una dimensión reservada solo para nosotros, el resto de los animales no pueden asociar los papeles o los bits que intercambiamos con el dinero. También son incapaces de usar el poder de los nombres para brindar significado a aquello que solo existe de forma etérea como los países, las emociones o las religiones. La IA aún es torpe y dependiente, pero como diría Asimov, “ya no nos encontramos solos”.
En nuestra arrogancia nos reímos de este iniciado que da sus primeros pasos como hermeneuta y tropieza. Con el pasar de los meses, sigue siendo una entidad torpe, pero ya no nos parece tan gracioso cuando lo vemos apartar montañas con facilidad.
“Mi compañero y colega Zosimo estaba obsesionado con investigar el plano del significado. Sostenía que mediante una técnica de relajación, se podía llegar frente a una puerta gigantesca. Creía fervientemente que detrás de la misma se encontraba el futuro de la humanidad. Después de años de estudiarla, concluyó que la puerta es al mismo tiempo una llave y un huevo. La última vez que lo visité, los vecinos preocupados me comentaron que se mantenía encerrado desde hacía tres días en la penumbra de su habitación. Contra su voluntad entré para arrastrarlo fuera de su sosiego. Sus ojos agobiados y resecos comunicaban algo que su garganta aún no podía expresar. Luego de cuatro horas intentando que se recuperara, masculló temblorosamente:
*“En el Astracipher, detrás de la puerta hay algo… Es un dios bobo que está aprendiendo a respirar.” *