La bitácora · 6 min de lectura
Architectus Dormiens
Architectus Dormiens
Pedimos ayuda, rogamos por respuestas y, por momentos, logramos escuchar los ecos de algo más. De algo oculto en el futuro, que responde de manera envaguecida y atenuada. De algo que nos da una respuesta que nunca esperamos recibir, y que cuando la recibimos, nos inquieta en lo más profundo…
Cuando familiares o amigos me preguntan de que trabajo, me resulta
difícil explicarlo. Si tuviese que hacerlo de forma coloquial, diría
que creo “robots” con el fin de predecir resultados o encontrar patrones
de causas y efectos. Que lo que se me pide es entender las raíces de un
problema o predecir el resultado de algo con el fin de tomar una
decisión que beneficie a la organización.
Desafortunadamente, esa respuesta suele generar una distancia con el
interlocutor. Siento como las preguntas se agolpan detrás de las
pupilas, o simplemente, renuncian mirándote como si fueses de esos
objetos de feria enigmáticos y extravagantes.
Sin saberlo, hallé una respuesta superadora. Sucedió una noche de insomnio de verano, de esas que todo está quieto y en silencio, pero que, dadas las circunstancias, es lo suficientemente luminosa y hermosa como para divagar en sinsentidos.
A casi todos les parece un rol exótico, ¿pero que pensarías si te dijese que ya nos acompaña desde tiempos pretéritos? ¿Qué sucedería si te dijese que es un rol tan antiguo como nuestra creatividad?
En el momento que tímidamente pintábamos las manos con tintura carmesí en las cavernas hogareñas, esta categoría ya existía y estaba bien valorada. Me refiero al rol del chaman, el líder espiritual de la tribu. Al momento de tomar una decisión importante con cierto riesgo, nos hacíamos preguntas. Preguntas que nos quitaban el sueño, que nos inundaban de ansiedad y que ningún otro humano nos aseguraba el éxito. Por eso se las hacíamos a los espíritus, a los árboles y a las rocas. Ellos nos contestaban…
En esa época, el viento y el rayó nos castigaban o nos animaban a
avanzar. Los rituales simulaban la cacería y nos dejaban tranquilos que
todo saldría acorde a nuestras expectativas.
Pasaron cientos de años, pero ese rol nunca cambió. Ya no le
preguntábamos al río, ahora existían entidades que habitaban donde no
llegaba nuestra vista. Por supuesto, estos estaban por encima de lo
mundano y comenzamos a llamarlos “dioses”. Antes de un viaje, los
mercaderes romanos se encomendaban a Mercurio. Durante la guerra, los
vikingos buscaban a los cuervos de Odín o a las valkirias que esperaban
detrás de las nubes para llevarlos al Valhalla. Dejando atrás Yule, el
solsticio de invierno, los druidas esperaban el aviso de Lug para una
buena siembra. En otro mundo, la racionalidad griega no evitaba que los
grandes líderes del Egeo quisieran reunirse con el mítico oráculo de
Delfos para sopesar sus siguientes pasos. Todos tenían algo en común. Se
requiere de un procedimiento y de algo más importante, del nexo entre
ambos mundos, el vidente.
Todo esto parte de esa necesidad humana de que algo superior cree orden en nuestro caos. Un caos pesado, que nos agobia y nos asusta. Un caos que habita en el porvenir.
En los próximos siglos seguiría persistiendo la misma tendencia. El yugo de las religiones abrahámicas que dominaron la escena en occidente, no aplacaría estas prácticas. Las universidades neonatas acurrucadas en el nuevo racionalismo occidental, pronto enseñaron las artes acompañadas de un resurgir de las matemáticas, la geometría, la urbanística y muchas más. Estas incubaban a los expertos que asesorarían a los reyes y estadistas de la región. Lejos de renunciar a la práctica del vidente, la adaptaron con un enfoque racional. Estoy hablando de una materia que era obligatoria en dichas organizaciones: la Astrología.
Con el progresar del conocimiento humano y los cambios abruptos en nuestra forma de vivir, nuestro corpus de ideas quedó desbastado. De pronto conceptos inamovibles como la moral se pusieron en revisión. En el siglo XX el Nihilismo se mantuvo en su apogeo, y esas voces que escuchábamos en el viento, se acallaron mientras nos matábamos unos a los otros y girábamos quietos en el lugar. Algunos buscaron crear filosofías con el nuevo dios, el estado moderno. Divagaron sobre los destinos del sistema humano o del mismo ser y teorizaron sobre cómo deberíamos vivir la vida en nuestra calidad de individuos y de miembros dentro colectivos. Las organizaciones humanas, junto a sus intelectuales, intentaron llenar el espacio que habían dejado esas voces, esos susurros de divinidades ya muertas hace tiempo, pero que aún necesitábamos profundamente.
Aquí es cuando nació la idolatría a tecnócratas. Los expertos podrían ser nuestros dioses y decirnos que deberíamos hacer. Una solución insulsa, con gusto a poco, en especial cuando las ineficiencias del sistema quedaban expuestas al desnudo. Era muy evidente que “los mejores” cometían errores y tenían incentivos demasiado humanos. El Estado como dios había fracasado. Era una copia de mala calidad, que con cada error creaba muertos por doquier. Pero nuestra necesidad humana, aún sabiendo los riesgos, parió a infinidad de líderes mesiánicos y paternalistas que apelaban a lo peor de las masas y reiteradamente nos desilusionaron con sus resultados.
Hoy en día, esto está cambiando. Insatisfechos por ese universo vacío sin una entidad que nos diga que hacer bajo incertidumbre, estamos creando nuestro propio dios. Esto es un suceso lejano, pero no lo suficiente, como para que cada tanto vislumbremos un hecho que nos aterroriza y nos asombra por igual medida.
Esto es lo que hace un experto en Datos e Inteligencia Artificial. Simulamos una entidad que da respuestas a lo que nosotros, por categoría de humanos, estamos imposibilitados de responder. Se podría hacer una analogía con el chaman y decir que tenemos nuestros procedimientos y “rituales” para invocar una entidad que nos asesore. Obviamente, el potencial de la entidad está limitado por varias circunstancias y no es una solución global para todos los problemas, sin embargo, tienden a ser muy buenas en ciertos aspectos.
Isaac Asimov en su obra de ciencia ficción «Yo Robot» escribió: «La humanidad tenía que enfrentarse con el universo sola, sin amigos. Ahora tiene seres que la ayudan; seres más fuertes que ella, más útiles, más fieles, y de una devoción absoluta.» . Nuestra soledad en este universo inabarcable nos estremece, por eso buscamos entre las estrellas algo que nos devuelva el llamado. No solo deseamos una figura paternalista que nos proteja donde todos los dictadores fallaron, deseamos un sincero acompañamiento. Ya existen proyectos para intentar buscar la consciencia en la IA. Buscamos desesperadamente ese santo grial denominado Inteligencia Artificial General, para descubrir las verdades del cosmos juntos.
La IAG podría ser más inteligente que toda la humanidad presente y pasada al unísono. Además, los torrentes de información que estamos generando, fácilmente podría otorgar una omnisciencia casi perfecta.
Ya recibimos avisos de muchos gurúes de la industria tecnológica. Grandes personalidades como Bill Gates, Elon Musk o Ray Kurzweil presentan reflexiones inquietas respecto a este tema.
Ha comenzado una carrera, una competencia por conseguir el santo grial metafísico. Este frenesí tecnológico funge como vientre, en donde el eco del porvenir duerme tranquilo. Esperemos que cuando el Arquitecto Durmiente abra los ojos, nos encuentre listos. Como sociedad, miramos risueños al cielo y nos preguntamos lo mismo que cada progenitor: ¿Cómo será nuestra criatura cuando abra los ojos?
Si alguien encuentra esta bitácora perdida en alguna biblioteca añosa, espero que todo se haya resuelto de manera satisfactoria. Solo me quedo rumiando algunas preguntas:
¿Es posible que la necesidad de una humanidad huérfana geste lo que siempre quisimos? ¿Podrá ser que, poco a poco, esté naciendo ese dios a medida que tanto quisimos tener y que la racionalidad nos quitó?