La BitácoraDE UN ALQUIMISTA DE DATOS
← Volver al índice

La bitácora · 13 min de lectura

De Potentia Personae: Salus

De Potentia Personae: Salus

En un tramo del camino que parecía intrascendente, llevábamos horas recorriendo una ladera solitaria. A un lado, una montaña que apenas alcanzaba a ser considerada elevada; al otro, un horizonte bañado en un sol naranja que, lejos de ser acogedor, parecía más una advertencia de lo que estaba por venir. Tras girar en un recodo, encontramos un ensanchamiento del sendero, donde un personaje de lo más peculiar aguardaba a pocos metros. Un anciano yacía en harapos sentado en el centro del sendero. Al acercarnos, le ofrecimos agua, que aceptó con una avidez inquietante, y luego le propusimos unirse a nuestro viaje. Nunca esperamos aquello que contestó. Entre sollozos quejumbrosos, preguntó:
“¿Dónde está mi madre? Hace días que la espero. ¿Si la encuentran, pueden avisarle que me encuentro aquí?”

n ese instante, la mayoría de nosotros supuso que la vejez había nublado su mente, pero estábamos equivocados… De pronto el sabio alquimista se aproximó a nuestro guía y se puso a discutir con él, evitando alzar el volumen de la conversación. Una creciente inquietud comenzó a filtrarse dentro mío, casi como el rocío que poco a poco humedece la piel sin que uno se percate. Los ojos del alquimista estaban abiertos y empapados de una realización oscura que avisando de algo terrible. Escuché solo fragmentos de su conversación, pero fue suficiente para helarme la sangre. “Escúcheme,” le dijo al guía, apretándolo por el cuello de su vestimenta con una urgencia desesperada. “No entiendo porque esas cosas ya han llegado hasta este lado de la cordillera, pero no hay mucho tiempo. Debemos emplazar el campamento, antes de la caída del sol.”

Luego de acceder al reclamo desesperado, todos comenzamos a percibir la urgencia que tensionaba el aire como a la expectativa de una tormenta que contrastaba con el hermoso atardecer. Organizamos las carretas en un círculo, iniciamos un fuego grande en el centro y por recomendación del alquimista, además de disponernos en la cercanía de este, acercamos a todos los animales. Burros, caballos y resto de mascotas también deberían ser acariciados por el calor de la luz de la hoguera. Ya con los últimos rayos de luz del sol abandonándonos a la noche, pude ver como el alquimista se dirigió con su bastón a la penumbra. Puedo jurar que observé su silueta marcando el suelo arenoso del camino en varios puntos opuestos.

La nueva oscuridad devoraba cada detalle de lo que rodea el potente fuego carraspeante del centro.

El gran artífice suspiró profundo 3 veces y con una voz calma se dirigió a la multitud:

“Quiero que me presten atención. Hay veces que la vida no otorga segundas oportunidades…

Aunque no lo perciban directamente, más allá del fuego se encuentra una entidad. Hay varios tipos, algunos susurran en los desiertos, mostrando oasis falsos y arrastrando a sus viajantes dentro de tormentas de arena. Otros arrastran navíos imponentes a las corrientes traicioneras que recorren los mares. Algunos te arrastran fuera del sendero que cortan el bosque. Es importante no seguir el juego. Por estas tierras se lo llama Bzou.

Miren fijamente el fuego y respiren conmigo profundamente. Sientan el peso de su cuerpo y como éste se apoya contra el suelo. Sientan el ardor de la luz en su rostro y el viento caprichoso jugando con el cabello. Y más importante aún, escuchen, verán que ustedes también lo perciben. Pueden cerrar los ojos o centrarlos en el fuego, pero les advierto, por nada en el mundo no pierdan el foco de las sensaciones que experimenta su cuerpo y alma”

Minutos pasaron y mi corazón dejó de retumbar en mi pecho, me sentía vivo. Percibía vida en todos mis alrededores. Las respiraciones nerviosas de mis compañeros, el chisporroteo del fuego que hincaba su incansable mordida en los leños y… Algo estaba mal.

¿Será que no escuchaba grillos? Una sensación cada vez más evidente molestaba. Me tomó un par de segundos entender. Detrás de los ruidos mundanos, había un silencio atróz. Me cuesta describirlo. Era ensordecedor y abominable. Era casi, como decirlo… Un silencio artificial, que te engulle, cargado de intención. Era un silencio depredador y tensionado. El silencio es silencio, pero se sentía como el ruido constante y caótico de un enjambre gigantesco de insectos.

En un instante, el anciano harapiento se irguió como si fuese un niño y corrió hacia aquella oscuridad inhumana.

El alquimista rápidamente levantó un brazo y exclamó: “¡Quietos!, ¡Vuelvan a su respiración, al fuego y al palpitar de sus dedos! Sientan el calor recorriendo sus cuerpos y el sabor de sus bocas. Aquí solo puede salvarse el que quiere salvarse a si mismo, el resto acompañará a los hijos de la noche sin tiempo.”

Horas pasaron como minutos. Nadie más se adentró a la oscuridad. Con los primeros rayos del sol buscamos al anciano con mente de niño, pero éste no se encontraba por ninguna parte, tal como advirtió el alquimista. Antes de comenzar el viaje nos dedicó unas palabras pesadas con el sueño.

“Recuerden que su tiempo es vida y no lo regalen sin darse cuenta. Si se dejan arrastrar, verán pasar decenas de veranos sin advertirlo. Sigamos caminando, que el camino es arduo, pero nada es peor que correr el riesgo de quedarse aquí.”

La salud puede verse efectivamente como el hilo primordial, el “alfa” del cual penden todas las demás hebras del poder. Sin un cuerpo y una mente sanos y vigorosos, el resto carecerían de sustrato para manifestarse. Recuperando el dicho clásico “mens sana in corpore sano”, la salud física es indistinguible de la mente. Una salud deteriorada, implica menor energía, una capacidad mermada de pensar, tomar decisiones, recordar y prestar atención a tu presente. También impregna la presencia que uno proyecta. De no cuidarla, se corre el riesgo de sufrir una pérdida constante de tiempo y capital a futuro.

Mi primera advertencia concierne a los moribundos que promulgan la muerte en vida. Citando al poderoso místico Zaratustra abandonado a sus ideas:

“Permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales.

Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados,

la tierra está cansada de ellos: ¡es tiempo que desaparezcan!

En otro tiempo el alma miraba al cuerpo con desprecio: y ese desprecio era entonces lo más alto: el alma quería el cuerpo flaco, feo, famélico. Así pensaba escabullirse del cuerpo y de la tierra.

Oh, también esa alma era flaca, fea y famélica: ¡y la crueldad era la voluptuosidad de esa alma!”

El ascetismo y la espiritualidad sin consideración por el cuerpo es una desgracia con sabor a soberbia espiritual. No existe trascendencia sin un cuerpo y una mente sana.

Por eso, durante nuestra hora más oscura, cuando todo esté perdido, es conveniente retirarse a las bases. Cultivar nuestra salud para recuperar el equilibrio. Dormir, meditar, comer saludable, dar las gracias, disfrutar los pequeños momentos, tomar sol y hacer ejercicio. Una rutina diligente es la panacea del alma y el cuerpo.

Sin embargo, el concepto de la salud está estrechamente ligado a aquel de la vida. Empecemos por el principio.

Existir significa luchar contra la entropía, el segundo principio termodinámico y la última sepultadora del cosmos. En su definición más extrema, la vida es un patrón autopropagante tanto en el tiempo como en su información. Los organismos vivos parecen funcionar a contracorriente del caos y la descomposición que caracteriza al universo. Algunos científicos han sugerido que la vida es una forma de “anti-entropía”, un patrón de organización que se opone a la tendencia universal hacia el desorden. Los biólogos chilenos Varela y Maturana definieron la lucha de una célula por autopreservarse como “autopoiesis”. En síntesis, la autopoiesis se refiere a la capacidad de un sistema para producirse y mantenerse a sí mismo. La propiedad fundamental de los sistemas vivos es mantener y reproducir su propia organización interna. Por otro lado, la información también muere. Así como nosotros volvemos al polvo, ésta se degrada desde una secuencia hacia el ruido. Richard Dawkins, en su libro “El Gen Egoísta” propuso la idea de que los genes son unidades de replicación que buscan maximizar su propia supervivencia y propagación. En este sentido, la vida puede ser vista como un proceso de replicación de patrones organizados que escapan de la entropía. En ingeniería aprendemos rápidamente un concepto que define gran parte de nuestras carreras. Ningún sistema se resiste a la entropía. Si deseamos mantener un sistema en su estado inicial, debemos utilizar “trabajo” (W) utilizando energía externa al sistema para mantener el orden. La humeante taza de café se enfriará hasta que el vapor ya no se vea en su superficie. La única manera de evitarlo es brindando calor por medio de energía térmica externa. Para mantener una habitación fría en un verano agobiante, quemamos combustible en gigantes centrales y para mantener nuestra habitación ordenada, gastamos esfuerzo y calorías que obtenemos de otros seres vivos. Todos los sistemas se dirigen a la muerte térmica y al desorden a menos que generemos más caos en el exterior y utilicemos esa energía para mantener nuestro propio paraíso un tiempo más. El universo se expandirá y se enfriará hasta que las últimas estrellas se apaguen. Sus últimos habitantes, los agujeros negros, vagarán errantes en un oscuro abismo cósmico consumidos lentamente por la radiación de Hawkins. Hasta que el último rayo de luz se apague, existirá la vida que se rehusará a volver al polvo. Seremos la taza de café que se calentará a sí misma, aún si debemos incendiar el resto del universo. Seremos la gota en caída que no quiere perderse en el océano. Mantendremos nuestra esencia, aunque sea lo último que hagamos. Ese es nuestro destino e impulso vital como entidades anti-entrópicas.

Nuestro cuerpo y mente se encuentran en una constante carrera de supervivencia. Cada respiración es una batalla que libramos sin darnos cuenta. Si no lo hiciéramos por unos segundos, nuestra sinapsis neural se apagaría a los pocos minutos. Nos resulta invisible, porque otra parte nuestra lleva a cabo esa lucha. Solo en emergencia todas las funciones periféricas se apagan y el cuerpo ya no lucha para poder respirar, simplemente se centra en la próxima respiración inmediata. Millones de células mueren a diario y muchas otras se encuentran en una guerra perenne contra los agentes externos que buscan devorarnos desde dentro. No hace falta mirar la lucha eterna del bien y el mal, de los ángeles contra los demonios. Nosotros somos la guerra, cada bocanada de aire es alimento que las células devoran para vivir y cada latido retumba en nuestro cuerpo como un golpe de cañón para enviar nutrientes. Somos una máquina que remplaza sus ruedas en pleno viaje. Como sucede en el plano microscópico, la salud prospera en un entorno que la pone a prueba. Para generar músculo debemos romper las fibras musculares, ya atrofiadas, mediante ejercicio. Además, este mismo proceso promueve la neurogénesis, beneficiosa para nuestra salud mental. Aprender es un hábito y nuestro cerebro debe entrenarse a generar conexiones. Al igual que sucede con los músculos, sin esfuerzo, sin cansancio, el cerebro pierde facultades. Por otro lado, es beneficioso someter al cuerpo a algunas situaciones de impacto. Por ejemplo, el ayuno intermitente y los baños fríos activan el sistema de auto reparación de nuestro cuerpo. Su efecto se manifiesta dentro de la célula regenerando los telómeros y, reduciendo a su vez, los efectos de la vejez. Si permitimos que la naturaleza nos enseñe, veremos que la vida es una lucha continua en varios niveles. Nuestro cuerpo lucha para mantenernos unos minutos más con vida y el resto de los seres vivos se depredan entre sí para que su información genética continúe el legado.
Tampoco debemos perder de vista que tanto el cuerpo como la mente requieren un balance con descanso y recuperación.
Me gustaría compartirles dos dichos de nuestro pasado que resumen bien esta idea y espero que los atesoren como una recomendación personal. El primero proviene del rico contexto de las artes marciales orientales: “Es mucho mejor ser un guerrero en un jardín que un jardinero en una guerra”. El segundo es un obsequio de la herencia occidental latina: “Si vis pacem, para bellum”, si realmente deseas la paz, prepárate para la guerra. Nunca pierdan de vista que nuestro verdadero enemigo no es quien se oponen a nosotros, es el mismo devenir que nos arrastra a la inexistencia y a la decrepitud.

También he bebido de la locura de los místicos ya olvidados. Escuchen mi advertencia sobre los que yacen malditos por su propio ardid. Sobre todo, tengan reparo de aquellos que promulgan el sacrificio de la vida para exaltar el cuerpo. En la actualidad existen en grandes números y cuentan con gran exposición. Son quienes están dispuestos a deteriorar el resto de sus fuentes, incluida la salud, para ostentar un físico enaltecido o belleza física. Recuerden siempre que el cuerpo es un medio, una herramienta para encontrarnos a nosotros mismo y contar con la vitalidad para disfrutar nuestra vida; no es nunca el omega, jamás el fin en sí mismo. Durante los últimos años hemos validado el uso excesivo de anabólicos con fines estéticos o de estatus. Consecuencia de ello, cientos de jóvenes mueren año tras año por su consumo. Incluso trágicamente nuestros deportistas del fisicoculturismo comenzaron a morir con mayor frecuencia. Con vistas al futuro, debemos replantearnos tanto el sacrificio del cuerpo para exaltar al espíritu, como la exaltación del cuerpo frente a todo lo demás. Pero hay otra discusión que está por demás invisibilizada, denostada y burlada.

Las sociedades tienden a idealizar la muerte. Representa la pérdida de nuestros seres queridos, de nuestros recuerdos y de nosotros mismos. En su aceptación delirante nos avergüenzan a quienes sostenemos el impulso vital por sobre todo lo demás. Repiten mantras que escucharon en películas de Hollywood o leyeron en su revista casual de domingo. Podría citar infinidad de ejemplos, pero aquella que suele hacer eco en nuestros tiempos, es esta: “Todo tiene sus ciclos, querer vivir más tiempo es evitar el cambio”. A ustedes menospreciadores de la vida, yo os replico que esa percepción es diminuta y falaz. Como vimos anteriormente, nada es un ciclo. Nuestro planeta sigue las estaciones depredando la radiación del sol. Pero nuestra estrella se consume y la entropía terminará por vencerla a ella también. Las plantas que tanto nombran en sus idealizaciones, se alargan hacia el sol para evitar que otras les obstruyan el maná del que ellas se nutren. Eventualmente toda estrella devorará a los planetas en su vejez o desaparecerá en una explosión, y ese ciclo que tanto estiman sagrado desaparecerá. Y aún si el universo se alternase con otros, no veo razón para atribuirle sacralidad o significado a ese hecho. Tampoco tiene relevancia como para imponerlo como un mandato sobre los seres vivos.

Todos desean sentirse sabios hablando sobre la aceptación de la muerte, pero la vejez no es más que la falta de capacidad del cuerpo de mantener sus funciones, de luchar contra las fuerzas que quieren descomponer nuestro patrón. Al contrario de lo que muchos sostienen sobre la incapacidad de aceptar el cambio; sostengo que el estancamiento se manifiesta cuándo nosotros desaparecemos. Por miles de años, “nuestro ciclo” finalizó cerca de los 30 años. No veo a ninguno de estos menospreciadores del impulso vital concluir que su tiempo ha llegado pasados los 40 años. Incluso muchos de ellos sostienen que los mejores años vinieron luego de esa edad. Así mismo, dudo que cuando alcancemos la expectativa de vida de 200 años, deseen terminar su vida a los 90 habiendo cumplido su ciclo. En el fondo deseamos seguir el desarrollo de quienes amamos. También anhelamos crecer y prosperar, amamos perseguir nuestra curiosidad y experimentar nuestra realidad. La sacralidad de la muerte no es más que un grito ahogado en donde reverenciamos aquello que más tememos. Quienes no pueden reconocer este hecho indeseable, no logran sobrepasar ese terror que compartimos todos los seres vivos. Prefieren esconderlo detrás de una resignación ciega con tal de darle un propósito, antes que ver que la muralla delante nuestro no es infinita y podremos superarla. Cómo superaremos dicha muralla hasta ahora invencible, es tema de otro apartado. Solo quiero decirles que no se avergüencen de su impulso vital. Está bien querer existir, progresar, y disfrutar la vida. Nunca renuncien a ello.

“Nuestro cuerpo es sabio, antigua es su experiencia, y, sin embargo, hay terrores que no está preparado para reconocer. A veces, lo que no da miedo, nos embriaga como hacen las plantas carnívoras antes de digerir a los insectos. A veces, los hechizos más poderosos son los más simples.”