La bitácora · 23 min de lectura
De Exercitio Potestatis: Hierarchiae
De Exercitio Potestatis: Hierarchiae
Un espectro se cierne sobre la era digital: el espectro de la Inteligencia Artificial. Redefine el concepto de poder y crea el nuevo orden mundial. Promete una era de cambio inaudito, cargada tanto de esperanza como de incertidumbre. En cada rincón del globo, desde los silenciosos laboratorios académicos hasta los bulliciosos centros de innovación tecnológica, mentes brillantes conjuran leves reflejos para estudiarlo. Todas las potencias del mundo antiguo y nuevo se han unido en una santa alianza para definir si invocarlo o exorcizarlo. Gobiernos y corporaciones, científicos y filósofos, utopistas digitales y agoreros apocalípticos; todos fueron convocados al consejo.
Se avecina un gran cambio para las estructuras humanas. Recorreremos las intricadas aguas de nuestra historia y como descansa el balance de poder con cada paso humano. Es ingenuo suponer que las democracias liberales y las autocracias militares serán el último formato de gobierno. La IA emerge como un faro en la encrucijada de la humanidad, prometiendo un nuevo orden que desafía nuestras concepciones más arraigadas.
Luego de cubrir nuestra historia, compartiremos las vulnerabilidades percibidas en el sistema actual y nos aventuraremos a pensar posibles desenlaces.
Obligadamente debo recordarles que tengo posiciones ideológicas tomadas como liberal confeso. No obstante, reconozco fallas tanto en la socialdemocracia como en el capitalismo moderno, motivo por el cual resalto mis preocupaciones. Percibo una falta de interés en debates de suma importancia para nuestro futuro. Grandes personalidades auspician nuevos tiempos. El nuevo espectro que se cierne sobre el mundo no tiene ideales ni metas. Es una reverberación inestable que se deja ver en pequeñas facetas y que indudablemente impactará la economía, el trabajo, las guerras y nuestro lugar en el mundo. Ansío con este capítulo que ustedes completen la información sesgada que les comparto y, que, desde su lugar, deseen contribuir en los efervescentes debates en las redes sobre el futuro que nos eclipsa. Verán que al final del camino los ejes de la discusión no estarán en los polos políticos actuales y que independientemente de nuestro color político, el camino nos unirá una vez más. En el segundo capítulo de las jerarquías veremos la caída de los pilares que sostienen las estructuras actuales. Los viajes por el plano del sentido han dado a luz a una profecía que me gustaría investigaran conmigo. El ciclo contempla una maduración una destrucción y un resurgimiento. Durante el tercer capítulo nos embarcaremos en la búsqueda de las alternativas que se esconden detrás de la creación de las nuevas reglas de juego. Teniendo todo nuestro equipamiento en nuestro lugar, comencemos.
La meticulosa y extensa disciplina de la Teoría de la información, piedra fundacional de la ciencia de datos, es la búsqueda misma de la consciencia y de la trascendencia. Dentro de ella habitan innumerables entendimientos y estructuras subyacentes, como, por ejemplo, el concepto de las jerarquías. Éstas son las brújulas que nos permite generar orden en el caos entrópico. Clasifican y relacionan la información, posibilitándonos navegar por la vastedad de la realidad. La jerarquía más simple es un conjunto ordenado de elementos. En la lógica podemos identificarlos con los símbolos de mayor y menor. Dos es mayor a uno y, en el inexcusable alfabeto, “Alpha” precede a “Omega”. Es un concepto útil que permite optimizar el procesamiento de la información de un sistema. El ejemplo analógico por excelencia es la biblioteca. Si se toman el tiempo de preguntarle a un bibliotecario de antaño sobre el tema, podría atraparlos durante horas mientras los envuelve el olor a hojas gastadas y el silencio con tintes de ocaso. Hay muchas formas de ordenar el contenido, pero todos tienen un propósito claro: permitirle al investigador obtener información cercana a una consulta específica. Una biblioteca sin orden es un vástago del caos primigenio. Cómo sucede en aquella que ilustró Borges hace tantos años, encontrar un tema específico podría tardar años o una eternidad. En cambio, en una biblioteca diligentemente ordenada, la búsqueda podría estar resuelta en cuestión de minutos.
En el reino de lo vivo, las jerarquías no son meramente experimentos teóricos, sino estructuras fundamentales que gobiernan la naturaleza misma. En su obra, el dr. Jordan Peterson describe cómo las langostas se organizan en una estructura jerárquica rígida. Estas criaturas ya se arrastraban en los océanos del periodo Devónico antes de que los primeros anfibios tuvieran siquiera intención de dar sus primeros pasos sobre la tierra. Aquellas langostas que logran escalar la jerarquía a través de un despliegue de dominio son recompensadas con valiosos recursos, mientras el resto languidece en la derrota. La posición de una langosta en la jerarquía está directamente relacionada con sus niveles de serotonina. Dicho neurotransmisor juega un papel importante en la regulación del estado de ánimo, la agresividad y la confianza. Las langostas con mayor nivel de serotonina son más propensas a ser dominantes, mientras que las que tienen niveles más bajos son sumisas. De esta forma la evolución juega su macabro juego de selección a través de una jerarquía biológica, utilizando la serotonina como principio ordenador. Este circuito antiquísimo funciona de igual manera en infinidad de formas de vida, incluso en las más complejas como nosotros. Basta con darle un antidepresivo humano a una langosta y pronto verán como recupera su ambición de dominio, pese al riesgo de morir a manos de una más grande.
Como vimos en otros capítulos, el humano es solamente otro primate. Bajo este marco, arrastramos ciertas estructuras mentales grabadas por el fuego de la evolución en nuestro devenir. El primer error presente en varios marcos modernos, como, por ejemplo, en la explicación comunista, es considerarnos una “tabula rasa”. La reprogramación social donde cada individuo devolvería naturalmente los frutos de su trabajo sin comparar su aporte frente al aporte ajeno, es una asunción ridícula. Escúcheme bien lector, el siguiente concepto es un entendimiento central de nuestras sociedades y hasta ahora nunca pudo ser rebatido. Toda sociedad humana, sea establecida o espontanea, genera una jerarquía entre sus miembros. La naturaleza de aquella jerarquía puede mutar y abarca a todos los elementos pertenecientes a la misma. Independientemente de si se trata de un grupo de amigos charlando, unos desconocidos que debaten sobre un tema o el aparato burocrático del imperio bizantino; la jerarquía existe y es sabio entenderla rápidamente.
En la superficie, un grupo de amigos puede parecer igualitario, donde todos participan en las conversaciones y decisiones de manera equitativa. Sin embargo, bajo la aparente igualdad, existen dinámicas sutiles de poder y dominio que pueden influir en las interacciones grupales.
George Simmel, un destacado sociólogo y filósofo alemán, exploró estas dinámicas sociales en su obra. Uno de los conceptos clave que desarrolló fue el de las diadas y tríadas. Según Simmel, en una diada, que es una relación entre dos personas, existe una dinámica muy diferente a la que se da en un grupo más grande. En una diada, la interacción tiende a ser más intensa y personal, y las jerarquías de poder pueden ser más evidentes debido a la falta de terceros que puedan equilibrar la negociación.
Por otro lado, en una tríada, que implica la presencia de un tercer individuo, las dinámicas pueden volverse más complejas. Simmel argumenta que la introducción de un tercer elemento en la relación puede cambiar significativamente la dinámica de poder.
En la tríada, las relaciones se vuelven más complejas. La introducción de un tercer elemento rompe la estabilidad de la diada y crea nuevas posibilidades de alianzas, conflictos y juegos de poder. Uno de los aspectos más interesantes de las tríadas es la posibilidad de formar coaliciones entre dos individuos contra el tercero, lo que puede conducir a un desequilibrio en la estructura de poder dentro del grupo.
En la historia romana, Cesar, Pompeo y Craso fueron tres líderes que formaron lo que se conoció como el Primer Triunvirato. Era una alianza política que compartía el poder en Roma. Sin embargo, a pesar de su aparente igualdad, las dinámicas de poder dentro del Triunvirato estaban lejos de ser equitativas y la inestabilidad existente en dicho tipo de estructura afectó fuertemente la vivencia romana de la época.
Al igual que un juego implícito entre sus participantes, la jerarquía es una dinámica biológica a la que debemos suscribirnos con o sin voluntad. Aristóteles expresaba esto mismo al definirnos como “seres sociales por naturaleza”. Nuestra participación en las jerarquías comienza en los primeros años de vida. El poder desplegarnos en ellas se vuelve fundamental para nuestra socialización temprana. En consecuencia, el juego porta una responsabilidad inmensa en el desarrollo de dicha capacidad. Un niño pequeño que no sabe interactuar con otros coetáneos, en especial por no conocer los límites del juego físico y el dolor, pronto será aislado de la incipiente jerarquía de infantes. Los “otros” no querrán jugar con él. Ese pequeño gesto iniciará un camino de fuertes repercusiones en su porvenir.
Cómo cualquier elemento ordenado en el ámbito de la programación, existe un campo que rige la lógica del ordenamiento. Las sociedades cambian dependiendo de este principio ordinal y la diferencia relativa de escala. Cómo regla general, debido a las necesidades infinitas y a los recursos escasos, tiende a tomar una forma piramidal. La estructura de las jerarquías obedece a dos factores. En primer lugar, los valores que la ordenan, ósea que cosas consideramos positiva o negativas como conjunto. Por ejemplo, para los humanos modernos que viven en sistemas democráticos, es atroz considerar la pureza de sangre o el mandato divino como principio ordinal, pero sería completamente aceptable para un campesino de la Francia medieval o un cervecero del Egipto del reino antiguo.
El segundo parámetro es aquel de la practicidad de funcionamiento, dicho de otra forma, que tan robusto es el equilibrio de poder que permite funcionar correctamente a la sociedad. Éste es determinante para evaluar su ciclo de vida y lo ilustramos anteriormente con la diferencia díada/tríada de Simmel. Un grupo de superviviente podría organizarse de tal forma en el que todos sus miembros son iguales dentro del mismo y acordar una igualdad material entre ellos. Sin embargo, a medida que sus miembros comiencen a aportar distinto valor, y a medida que la cercanía entre ellos sea dispar, esa igualdad se vuelve impracticable. El primer desequilibrio se manifiesta sutilmente en el peso de las opiniones de sus miembros. Con el progresar de la jerarquía se desdibujan los beneficios o las prioridades que define el grupo. Desde ficciones como “El Señor de las Moscas” de Golding, hasta en historias reales de supervivientes, se pone en evidencia éste hecho. Dentro del mundillo de los datos, estudiamos estos fenómenos utilizando los “Grafos” y las redes neuronales que aprenden a estudiarlos, las GNN. Los grafos son constelaciones de nodos y conexiones que en su conjunto generan propiedades emergentes. Podemos representar nuestras sociedades y sus subconjuntos como grafos. Es habitual encontrarnos que el grafo organizacional es muy distinto al grafo real de las interacciones del grupo, siendo el segundo el real y el verdadero propietario de transmisión de valor e información. Por ejemplo, es normal que los empleados no consulten al especialista o jefe directo en caso de tomar decisión y que sean otros quienes brinden ese soporte. También en los gobiernos existen personalidades ocultas que ejercen un poder enorme, quizás aún más que aquellas visibles.
A mi criterio, el concepto de generar “una organización de palabra” y forzar la igualdad es el segundo error más importante de los ideólogos del comunismo. La estructura que ellos proponen no es ficticia, no contempla la jerarquía oculta y eso la hace no perdurable. Inevitablemente la inequidad que se genera al momento de la toma de decisiones, centralizada en los dirigentes del partido comunista y sus estructuras satélites, terminaría decantando en otro tipo de organización. Fenómeno, además evidenciable, en cada uno de los regímenes que se embarcaron en este experimento sangriento. Existe una transición de un equilibrio cooperativo a un equilibrio subyacente en el ser humano, donde predominan estrategias egoístas. Desde la lógica intransigente de la Teoría de juegos podemos hacer un paralelismo con el Equilibrio de Nash. Solo existe una estructura estable donde ningún participante tiene incentivos para cambiar su estrategia dado el comportamiento de los demás. Con los conocimientos en neurociencia que poseemos en la actualidad es irresponsable e irrisorio, o por lo menos ingenuo, pensar que la humanidad pueda adquirir de forma orgánica una estructura gris e inapelable como aquella de una colmena. Incluso los insectos que viven en dicho orden sacrifican primero a unos frente a otros en una crisis. Al igual que en su paralelo biológico, el socialismo se vanagloria de sacrificar al individuo frente al bienestar social, solamente que irremediablemente se sacrifica a los opositores del régimen.
Cada sistema tiene sus puntos débiles y puntos de colapso, como veremos
más adelante también con el libre mercado.
En las sociedades tribales, el poder estaba necesariamente conectado a
la capacidad de ejercer violencia y crear colusiones dentro del grupo.
Este tipo de organizaciones empezarían a definir los poderes que se
afianzarían durante el desarrollo de las grandes ciudades. En un mundo
terrible y desolador, la protección prima frente cualquier otra
necesidad. La figura del guerrero-cazador emergió como un mal necesario
en una realidad atropellada por el conflicto interno y externo. Sin
embargo, el guerrero no puede mantenerse en la cima sin el apoyo de una
élite. Por lo tanto, se genera la segunda capa, aquella de los
“aristoi”, los primeros entre todos. Es un grupo de hermandad de
guerreros, por momentos salvador, por otros saqueador y extorsionador de
los propios, que protegen al líder. Estos desarrollan una serie de
normas de conducta, una subjerarquía que brinda estabilidad a la
pirámide. Los exponentes más conocidos en la cultura popular son el
código caballeresco carolingio o el bushido. Los mejores o
“aristocratas”, oprimen al resto por medio de la violencia. Desechan
al líder, cuando pierde poder, y chantajean al resto de la sociedad
productiva, llamándose a sí mismos protectores de esta. ¿Cuántas veces
los ejércitos de liberación realizaron atrocidades sobre la población,
incluso peor que aquellas ejercidas por sus opresores?. Los soldados
terminan viendo a la población liberada como un recurso y se posicionan
en la cúspide de la nueva jerarquía. Incluso es posible que tomen a
mujeres y niñas como parte del botín como sucedió recientemente con los
talibanes. La humanidad tiende a idealizar al caballero que mata al
dragón, sin darse cuenta de que ese mismo comparte esencia con el
primero. Después de todo, solo un monstruo puede matar a otro monstruo,
como diría Frederick Nietzsche. Sospecho que algunas conductas humanas,
donde nos adaptamos rápidamente al nuevo orden opresor, son un mecanismo
de supervivencia evolutivo afilado sobre la imperdonable piedra de los
siglos.
Independientemente de los guerreros, fuimos hilvanando historias sobre el universo y nuestro pasado para aglutinarnos como sociedad y estos toman el carácter de mandamiento. Durante ese proceso se crea inevitablemente otro de los grandes poderes de las primeras jerarquías humanas, el asesor espiritual. Desplegando el poder de la experiencia y el entendimiento del cosmos, es un archivista, asesor y fuente de conocimiento. Logra impactar fuertemente en los valores de la sociedad, torciendo el principio ordinal en muchos de las estructuras sociales y apoyándose en la trasmisión de ideas que se potenció con la escritura. A medida que ese grupo puede influenciar los valores de la sociedad, le permite competir dentro de la jerarquía contra los bandidos-soldados de la aristocracia. Utilizando el poder de las narrativas, terminan generando acuerdos, donde sustentan el poder de la nobleza y del líder. Su lucha reside en el plano del significado, por ello mismo, son propensos a perseguir a quienes buscan conocimiento prohibido o versiones apócrifas. Esta persecución o cancelación no solo se da en el ámbito espiritual, la academia también tiende a guiar sutilmente lo que está permitido y lo que no. Si bien su influencia es alta debido a su capacidad de guiar y prometer resultados etéreos en el marco religioso, poco pueden hacer cuando desean defenderse de amenazas que no comparten sus narrativas. Esto se refleja en la terrible historia del saqueo que frecuentemente realizaban los invasores paganos a los templos católicos durante el siglo IX. No importa en que parte del mundo situemos la mirada, estos dos poderes subyugaron impúdicamente al resto de la población. Tanto el confucianismo chino como el sistema de castas de la India adhieren a esta hipótesis. Los estados siempre se centraron en el territorio y la población, ya que los recursos provienen de la gente atrapada en sus lógicas extractivas. En su esencia original son la evolución conceptual de un grupo de maleantes que se refugian en la montaña y bajan recurrentemente para extraer recursos de los poblados de agricultores. Con el tiempo advirtieron que su estrategia óptima no se encuentra en dañar al tejido productivo, alternativamente yace en secuestrar un territorio junto a su población para exigir un saqueo cíclico y “civilizado”. De esta forma prometen protección o destrucción según la animosidad de estos. La lógica del parásito reside en devorar a su huésped lentamente para no generar una reacción adversa. De aquí vienen las palabras “tributo” o “impuesto”. Hoy en día normalizamos dichos términos, pero tanto los estados, las aristocracias y las religiones viven del saqueo perpetuo de una población. No solo se concentra en la idea de los siervos de la gleba quienes cambiaban de mano junto a la tierra, también en el derecho de primae noctis o derecho de pernada, que permite al aristócrata tomar la primera noche de la recién casada entre sus vasallos. Sin ir más lejos, encontramos reminiscencias recientes en Argentina en el momento que los burócratas estatales otorgan planes sociales a cambio de sexo.
La semilla del Iusnaturalismo se alimentó de la putrefacción de una aristocracia decadente y de las tinieblas religiosas, ya debilitadas por un incipiente renacer de las ciencias y de las artes. Poco a poco las conexiones comerciales de largo alcance estriaron el mundo. Surgen entonces nuevas fuentes de poder: Las conexiones y la información. Las grandes redes comerciales transportaban bienes, servicios e información. Ésta última se trasmitía orgánicamente en forma de señales de precios. Los comerciantes, siguiendo estas señales, permitirían la coordinación de las partes, aumentando fuertemente la eficiencia de la producción y la especialización de las tareas, dando a su vez a luz a los artesanos especializados. Al mismo tiempo, las grandes organizaciones comerciales concentraban un riesgo. Entonces los banqueros, prestamistas y aseguradores medían este riesgo y lo monetizaban con el fin de obtener un margen en los destinos inciertos. En esta etapa contemplamos el gran poderío de los gremios y las empresas comerciales. Este nuevo grupo luchó sin cansancio a la aristocracia rancia que deseaba aumentar los tributos aduaneros de sus territorios y al clero que veía con ojos perturbados la creciente diversidad de ideas que los mercaderes portaban de tierras lejanas.
Estos nuevos actores se apalancaban en el gradual crecimiento económico y tecnológico para fundar las pequeñas repúblicas mercantiles que paulatinamente agrietaron el feudalismo. Aquellas naciones que dependen de las relaciones comerciales con otros no hacen la guerra, como bien señalaba Bastiat. En ese contexto es malo para el negocio empezar guerras y conflictos. Este principio es observable en las guerras actuales. EEUU solo invade autocracias que no comercian con ellos y Europa dejó de tener guerras internas con su unión comercial. En casos donde la economía es aislacionista y donde los mercaderes no tienen un poder grande dentro de la nación, se dan situaciones como la guerra de Rusia y Ucrania. Parte de la elite rusa y trabajadores que aportaban al tejido productivo terminaron en la ruina por la guerra, perdiendo su vida o años de trabajo duro. Pero ese mal es incomparablemente menos terrorífico que oponerse al todopoderoso Putin y sus ambiciones de victoria. Las repúblicas mercantiles representaron un amanecer para las ideas, las ciencias y un incipiente capitalismo que les daría la potestad de influir en la política mundial. La burguesía prosperaba en un mundo cada vez más pacífico, luchando contra los mandatos religiosos y burlándose de la patológica violencia recurrente de la vetusta aristocracia. Estos nuevos sujetos de poder enarbolaban una nueva bandera, la meritocracia. Para predecir el desenlace de algo, debemos entenderlo. No me refiero a una mera descripción, debemos jugar con el concepto, percibir todas sus hendiduras. Una vez hayamos diagramado su constelación de incentivos, podemos discernir el juego de poder de cada actor. Un aristócrata valora el poder de control sobre sus tierras y sus súbditos. Su influencia depende de la cantidad de tropas que responden a su llamado. El camino hacia el poder reside en la conquista de territorios aledaños y alianzas familiares. Por otro lado, un clérigo valora el poder de su palabra y la influencia de sus sentencias. Su camino de poder se enfoca en convertir a la población y propagar su narrativa, ergo la importancia de las órdenes evangelizadoras en las misiones. Los individuos que no creen en sus historias son inmunes a su influencia y se resisten a aportar recursos a su subjerarquía. En cambio, un burgués valora el poder que reside en sus activos, sean productos, conocimientos especializados o conexiones. Su incentivo no está en ampliar su dominio o sus fieles; radica en percibir oportunidades de mercado para brindar más bienes y servicios, a un precio menor que el rival. Aparece aquí el primer problema del libre mercado. Parece inocuo, pero existen varias formas nocivas de fidelizar al cliente, como veremos más adelante.
Este foco en satisfacer a un tercero no debe confundirse con la búsqueda moral de servir al resto. Los artesanos, comerciantes e inversores servían al cliente para conseguir más poder, por lo tanto, sus motivos son, como los de cada humano, egoístas.
En las sociedades modernas de libre intercambio el poder está íntimamente relacionado con la capacidad presente, pasada y futura de generar valor. Mientras las autocracias y los socialismos edifican murallas físicas o económicas para evitar la fuga de la población, ergo sus recursos; las naciones que dependen del libre mercado no necesitan capturar a la ciudadanía para sobrevivir. Únicamente necesitan un estado que mantenga las instituciones y las leyes para que prosperen sus negocios. Detrás de estos nuevos imperios sin territorio, se alzan los especialistas y los emprendedores que prosperan en una relación simbiótica con estos. Algunos capitalistas buscan pactos nocivos con los otros poderes ya derrotados, también llamado “Crony Capitalism” o “Capitalismo de Amigos”. Desean generar monopolios públicos y plagar de regulaciones a los competidores, para centralizar poder y evitar la competencia. No es de extrañar, que las grandes empresas de IA busquen minar el camino de otros emprendimientos más chicos con regulaciones y acreditaciones estatales.
Cómo fui insinuando en los párrafos anteriores, la Aristocracia sigue existiendo en otro formato. El burócrata no es evaluado a través de la meritocracia, se rige por las conexiones o favores con otros. Su lógica sigue el principio del pacto y la influencia. Hay veces que el Estado tiene como premisa producir bienes y servicios, entonces cabe preguntar ¿porque los estudios de productividad en todo el mundo muestran indicadores peores que el privado?. No es necesario ir a los países latinoamericanos para encontrarse con este fenómeno, incluso estudios en Alemania y Canadá muestran una caída en la eficiencia del uso de los recursos organizaciones estatales. Sucede que éstos nunca quiebran. Como las ramas que se resisten a morir, se nutren de los impuestos independientemente de su resultado. Esto genera una pluralidad de ineficiencia. La más común es el sobredimensionamiento de los equipos, para que un área no pierda su presupuesto, debe gastar todo el dinero presupuestado el año anterior. Además, dentro de la jerarquía del burócrata, aquel con más personas a cargo tiene más conexiones, más favores y, en definitiva, más influencia. Los incentivos no se alinean con proveer valor, simplemente con generar conexiones dentro del partido. El estado del bienestar, recurrentemente se vuelve una excusa para el saqueo metódico de las arcas estatales y de los pagadores de impuestos.
La burocracia funciona como la vieja aristocracia. Vive del saqueo que hace el estado de las fuerzas productivas y reparten los recursos siguiendo lógicas muy distintas al mercado. Es normal ver a políticos con sus allegados familiares dentro del poder o verlos delegar dudosos cargos a dedo. Controlados por una población consciente, se esfuerzan por mantener el simulacro de benefactor social, pero si estos ignoran sus faltas, pierden todo el incentivo de entregar resultados y se vuelven otra caja recaudatoria para alimentar un sistema clientelar. Su juego óptimo mora en afianzar su posición dentro de la estructura política, utilizando los recursos tributados para crear mecanismos de dependencia tanto dentro del partido como con la población. Siguen el mandato del filósofo Gramsci de acaparar el arte, la educación y los medios de comunicación para propagar sus narrativas. Aquí se reinventa el antiguo clero que promueve el nuevo dios paternalista, el Estado. De esta forma se cristalizan los feudalismos modernos como el fascismo, donde Benito Mussolini aclamaba: “Todo dentro del Estado, nada en contra del Estado”.
Por esta razón, cuando una jerarquía comunista igualitarista colapsa hacia un equilibrio natural, es muy probable que termine en la mano de burócratas crueles. Se instalan campos de concentración o se extermina sistemáticamente a parte de la población. Casi parecieran volver a la idolatría medieval, donde se cuenta la ficción de la revolución y se impone una veneración obligada a la nueva aristocracia. Difícilmente se evalúa el concepto de “que gobiernan los mejores”, cómo ellos siempre afirman. De la misma forma que caballero épico de las historias contrastaba con el típico aristócrata mimado y opresor, los mejores tecnócratas fueron los causantes de las mayores crisis ambientales, económicas y de las hambrunas mortíferas de la época moderna.
El sistema de cálculo centralizado de la economía planificada falla de forma absoluta. En el mejor de los casos había cola de horas por la posibilidad de adquirir pan, en el peor, dejaba un regadero de muertos de inanición. ¿El problema? Una simple limitación de cálculo y de trasmisión de información. No había forma de que los burócratas en Moscú lograran predecir el consumo futuro ni la disponibilidad de recursos de todos los bienes de la economía. Aún si hubiesen tenido supercomputadoras conectadas al cerebro, hubiesen requerido señales de información para interconectar todo. Esto obviamente se volvía imposible, ya que asesinaron el sistema de precios junto al resto del mercado. Un precio indica que falta, que sobra y limita cuantos recursos tiene sentido consumir para generar el bien. Es una codificación encriptada, un mensaje simple de trasmitir. El resultado fue claro: Alemania del Oeste era cuatro veces más rica que aquella del Este. Las expresiones artísticas del occidente libre estallaron rápidamente la imagen mental que trasmitían los centros de propaganda política soviéticos y el muro fue derribado posteriormente.
Desde la óptica de sistemas, el capitalismo funciona como un proceso de
optimización.
Se debe a un tejido interconectado de individuos que libremente originan
las señales de precio y al sistema de incentivos que cubrimos
previamente. El procesamiento de la información se hace de forma
descentralizada.
En definitiva, es el paradigma del procesamiento centralizado contra el procesamiento descentralizado de la información, un viejo conocido para aquellos que estudiamos la informática y la teoría de la información. Al igual que sucedió con las nuevas tecnologías de procesamiento como las tarjetas gráficas, el sistema descentralizado es superior para este tipo de tareas. Incluso los modelos de inteligencia artificial resultan mejor en forma descentralizada. Por eso las nuevas tecnologías se apoyan en gran medida en las GPU, o tarjetas gráficas con procesamiento paralelo, en vez de las CPU de procesamiento centralizado.
Busquemos un ejemplo análogo en la economía para entender mejor el
concepto. Aquella empresa que se especializa en organizar viajes para
las fanáticas de Taylor Swift conoce a profundidad el gusto de las
fanáticas, cuanto están dispuestas a pagar por la experiencia, la
agenda de la cantante y los posibles proveedores locales de servicios.
No está preocupada al mismo tiempo por obtener más leche de las cabras
en el desierto fueguino o que pieza de moto falta en el mercado de Alta
Gracia, Córdoba.
Un sistema centralizado está obligado a hacer multitasking, cuando los
humanos funcionamos varias veces mejor enfocándonos en una especialidad.
La evidencia empírica es contundente. No importa la fuente de información de referencia, todas las métricas mejoraron sustancialmente los últimos años. Por ejemplo, la pobreza extrema hace 30 años rondaba el 30% de la población mundial, hoy en día es menor al 5%. El crecimiento económico y la calidad de vida de los que menos tienen indefectiblemente correlaciona positivamente con el índice de libertad económica. Se puede ver en los resultados de pocas décadas que alcanzaron los países ex-soviéticos que abrazaron el libre mercado. Solo con entrar a Gapminder, cualquiera puede interactuar con los datos globales de forma sencilla y observar los grandes avances en salud y educación mundial.
Los resultados fueron tan obvios, que difícilmente uno encuentre un leninista confeso en la actualidad. Aún los férreos enemigos del mercado como los dictadores comunistas, los pocos estados monárquicos regados por Europa y el socialismo del siglo XXI pintan sus telas con mayor o menor medida de libertad económica.
Sin embargo, a la luz de nuestra historia y sus jerarquías; hay una pregunta que plaga mis noches de desvelo. ¿La optimización radical es el santo grial que andábamos buscando?