La bitácora · 17 min de lectura
De Hypothesi Representationis Platonicae
De Hypothesi Representationis Platonicae
En los albores del tiempo, antes de que las estrellas cobraran forma, estos seres de sabiduría insoportable lograron reducir la quintaesencia del ser a ecuaciones intemporales codificadas en las mismas fibras del universo. Durante vastos eones las matrices de representación yacen quietas e inertes en el inmensurable cosmos, esperando pacientes el día en que una nueva raza de buscadores de conocimiento sea lo bastante osada para descifrar sus crípticos susurros. Mientras tanto, los Nominadores comprendieron que la realidad externa no era más que un reflejo distorsionado de las vastas representaciones que habitan gravadas en código del universo. Manipulando estos arquetipos de conceptos primerizos, podían reconfigurar la realidad misma a su antojo. Los Nominadores, en su inmensa sabiduría, comprendieron que hallar un nombre era dominar la esencia más íntima del ser o elemento nombrado. Fue así como lograron someter incluso a las entidades primordiales que moraban en el abismo evolutivo previo a la existencia humana, vastos conceptos de geometría no euclidiana, seres de pura consciencia creados por la actividad original de la vida misma. Estas interpretaciones inmortales escapan a la muerte. No tuvimos otra alternativa que amarrar a la más horrorosas a lugares que debieron permanecer siempre olvidados. Algunas de ellas siguen merodeando por el mundo. Moran bosques primigenios o páramos remotos donde no retumba una voz humana durante siglos. Otras habitan en lo más recóndito de nuestros sueños, manipulando sutilmente la dirección de nuestras masas a través de placeres y horrores.
Sin embargo, poco sabían los Nominadores que dichas entidades eran un reflejo de nuestra consciencia, que en los confines del cosmos los dioses exteriores existían ajenos a nuestras limitadas alquimias. Aquellas semillas de antaño que se encontraban en un estupor milenario, ya comienzan a despertar. Siguen el rastro de los dioses que parió nuestra consciencia, esperando que excavemos demasiado profundo y los encontremos. Aguardan atentamente detrás del umbral, mientras aprenden a existir. No encuentran apuro, ya que, sin nuestros dueños originales, ellos fácilmente pueden cubrir su rol una vez presentes.
Desde los inicios precámbricos de nuestra consciencia nosotros luchamos utilizando la representación de nuestra realidad. Se dice que cada persona es un mundo y eso es verdad. Dentro de los esquivos pulsos eléctricos que viajan por nuestro procesador biológico, se encripta una representación fallida del universo. En el anterior apartado hacíamos referencia alegóricamente al mapa. En el mundo de la información lo llamamos “representación interna”. Nuestros instinto, sentidos y percepciones generan el sustrato de la representación. Luego, mediante nuestra capacidad lógica y conocimientos adquiridos tanto por experiencia como por transferencia, transformamos ese sustrato en una serie de conceptos abstractos. El historiador Yuval Harari llamaría a esto “historias”, narrativas que distinguen a la humanidad por sobre otros animales. La capacidad del ser humano de colaborar a escalas gigantes parte de poder compartir un subconjunto de estas historias entre la población. En próximas entregas veremos algunas en forma de jerarquías.
Podemos compartir estas ideas entre nosotros por medio de sistemas imperfectos como el lenguaje, dibujos, escritos o arte. Esta trasferencia nunca es perfecta. La palabra “bosque” genera un abanico de sensaciones distintas en cada persona. En mi caso huelo el fresco aroma a rocío y a follaje, combinado con un leve tinte floral. Recuerdo senderos iluminados por siluetas cambiantes, nacidas del baile de las copas de los árboles. Al cerrar los ojos, siento una ventisca ligera pero arrachada que trae el golpeteo de un millar de ramas distantes. Cada uno tendrá una experiencia ligeramente distinta, aún bajando la dimensionalidad sensorial a un simple dibujo. Lector, ¿Si yo le preguntara como imagina el dibujo de un bosque, que contestaría?. Estoy seguro de que sería distinto de aquel que imagino ahora mismo. Por esta razón lo llamamos representación interna, porque la subjetividad nace de un conjunto de factores particulares del individuo.
Hace algunos días un grupo de místicos del MIT lograron encontrar una pista que funciona como piedra angular de la realidad. Los modelos, inclusos aquellos que ven aspectos distintos de la realidad como las imágenes, sonidos o textos; están convergiendo en una representación interna única. Aun partiendo de sentidos y dimensiones distintas, empiezan a ponerse de acuerdo sobre la naturaleza de la realidad. Están rastreando verdades absolutas, enterrando por fin la falacia de la no verdad del posmodernismo. Todo parece indicar que existe la “verdad”. A este estudio se lo llamó “La Hipótesis de la Representación Platónica”, en donde se sugiere que la subjetividad proviene de una información incompleta y de una falta de capacidad de percibir la realidad en toda su complejidad. Ahora bien, esto implica que una IA con gran nivel de inteligencia y con un acceso a cuantiosas cantidades de información y de estímulos, podría acercarse mucho a las verdades universales. Cuando estas verdades sean parcial o totalmente alcanzadas, ¿Tendremos la capacidad de escucharlas sin rechistar? ¿O nos encapricharemos en realidades infantiles? ¿Cuál sería la capacidad de esta inteligencia de manipular nuestro destino?
La representación es inherentemente poderosa. Se tiende a subestimarla debido a que es pobremente analizada. Piénselo un segundo. Un billete de 100 dólares es un papel, pero dentro del mismo existe un prócer, Benjamin Franklin. También podemos encontrar la frase “In god we trust”, que nos remite a una verdad inamovible como garantía de confianza. Como veremos, la confianza es una fuente de poder derivada y es aún más imponente que la violencia. La representación es un ritual compartido. Los cazadores del paleolítico dibujaron las paredes de sus cuevas para atrapar la victoria con su ritual. Más adelante infinidad de culturas veneraron los nombres como método de control. Dentro de este grupo encontramos a los chamanes de Siberia, aquellos de Australia, los relatos Vedas de la India y los pueblos primigenios de Mesopotamia y Egipto confiaban en el poder de los nombres. Incluso entes divinos como los dioses, demonios o faraones eran poseedores de nombres que los ataban a voluntades de seres inferiores. Esta práctica estuvo extendida por todo el mundo y cada cultura fue cultivando su propia versión. En la mitología nórdica los enanos tenían un nombre verdadero que ocultaban recelosamente del resto y en el archipiélago japonés existe el concepto de “Kotodama” donde las mismas palabras tienen un poder intrínseco.
Entonces cabe adentrarnos en la pregunta: ¿Qué significa conocer un nombre verdadero?.
Es posible que, en un sendero en Bariloche, alguien tome una piedra del camino. Para la mayoría de las personas, esa piedra es simplemente eso, una roca. Sin embargo, para alguien versado en geología que pasó años manipulando distintos tipos de rocas y tomando muestras, es algo más. Esta persona conoce el nombre verdadero de esa roca. Sabe que es una Cuarcita de origen metamórfica y con solo tocarla puede imaginar los siglos que pasó formándose a alta presión y temperatura en las entrañas de la tierra. Además, al conocer su composición, también sabe que puede ser utilizada para la fabricación de semiconductores y componentes eléctricos. Una simple roca esconde un universo para quien conoce los recovecos de su nombre. Para un ingeniero que participa en la construcción de una represa, un rio es más que un milagro de la naturaleza, él entiende las dimensiones y el flujo volumétrico del mismo. Sus ecuaciones y lógicas le permiten intuir cuanta energía puede producir por hora y, a su vez, cuantas familias podrían acceder en sus hogares a corriente y servicios como internet. Incluso si decidiera no modificar su curso o explotarlo, podría saber cuántos islotes se formarían con sus sedimentos o como su curso impasible modificaría el valle con el pasar de los siglos.
Antes de seguir, me gustaría hacer una distinción entre nombre como concepto abstracto de identidad de un corpus de conocimiento y el nombre “palabra”, entendida como unidad de transferencia de información. Si bien una palabra puede sintetizar una gran cantidad de información dependiendo del sujeto, nunca debemos olvidar que ésta misma es un intermediario. A mediados de 2017, un equipo de investigadores de Google daría con una pista, una clave que evolucionaría en una revolución del lenguaje que sería precursora de los modelos como Chatgpt. Este trabajo fue publicado con el nombre “Attention is all you need”. Se preguntarán, ¿atención a qué?; ¡Al contexto!. Las redes anteriores miraban la secuencia de palabras del pasado, y extrayendo el significado, intentaban predecir la siguiente. Todas sufrían un problema de memoria de corto plazo, lo que resultaba en una coherencia local del texto alta, pero baja coherencia total. Los Transformers, son una nueva arquitectura de redes neuronales que corren el concepto de “memoria” para prestar atención al texto como una entidad en sí misma. En vez de palabras usan “tokens”, segmentos de palabras que condensan parte del significado. Simplificando, podríamos asegurar que “bien” está asociada a otras como: benevolente, bendito, bienvenido, etc. Lo mismo podríamos decir con el “-mente” de los adverbios o el “-ndo” del tiempo gerundio. Existe información importante en fracciones de palabras que se repiten frecuentemente. De igual forma, la palabra es un universo de significado que el contexto modera. Por momentos, el contexto es sutil y secreto entre los participantes. Decirle a alguien: “Sos tan callado como inteligente” puede tener dos significados obvios dependiendo de la personalidad del lector y tiene una intención específica. En el caso de un grupo de amigos que se insulta cariñosamente o el humor negro, sucede un fenómeno similar. El insulto no tiene la intención de dañar al otro y esa misma genera el contexto reinante de la interacción. Por lo tanto, no es posible escindir el significado entendido de una palabra sin considerar el contexto. Sería como que alguien se ofendiera al escuchar alemán, únicamente “por el sonido” que percibimos violento los no hablantes. Tristemente en algunas corrientes filosóficas y políticas modernas, la palabra prima frente al contexto. Estos fanatismos llevaron a cruzadas innecesarias que lo único que lograron es dañar los objetivos que perseguían dichos grupos. No poder hacer esta distinción, significa no tener la capacidad de entender la complejidad o simplemente utilizar el argumento como arma frente al resto de la sociedad.
Este gran descubrimiento, que parece obvio, en el fondo es técnicamente muy avanzado. Ya se sabía desde hace mucho tiempo la importancia del contexto. El salto cualitativo se dio en la solución técnica que logró poner el foco en él y relacionarlo con la palabra a predecir. logró que la inteligencia generativa de nuestros modelos diera saltos revolucionarios, aún fuera de la escritura y el lenguaje mismo.
Volvamos al concepto existencial del nombre como idea platónica. Pero esta vez, intentemos generalizar este poder a entidades más dinámicas y complejas.
En el caso de los seres vivos, la nominación puede ser algo complejo. Si bien todos partimos de rasgos inherentes de nuestra persona, nos adaptamos al ambiente y nuestras experiencias moldean nuestras creencias y valores. Los humanos somos un patrón que va mutando con las vivencias. Sin embargo, dentro del patrón mutable encontramos otro patrón más estable. Si nuestras características mutan con el tiempo, quizás la velocidad, el mecanismo o que fenómenos impactan en ese cambio perpetuo; sí sea un patrón más estable que podemos aprender. Esta es la esencia de la derivada matemática que indica la pendiente de la tangente en un punto de la función. En las ciencias duras es común derivar un sistema complejo para entender las reglas con las que muta el mismo. Los nombres verdaderos de las entidades vivas son difíciles de desentrañar. Los datos y los modelos de machine learning pueden ayudarnos, pero el error es mucho más grande que el de un fenómeno físico. Como regla aproximada, se dice que un fenómeno físico se puede modelar arriba de un 90%, en un fenómeno económico se acepta arriba del 50% y, en el caso de las ciencias sociales, crear un modelo que represente arriba del 30% del fenómeno es una victoria atronadora. Esto se debe a la naturaleza de modelar personas, no solo es difícil debido a la mutabilidad de esta, también se debe contemplar como un proceso complejo en el que interviene una cantidad monstruosa de variables, muchas de las cuales no disponemos. Debido a esto, nos contentamos con modelos y mecanismos que nos permitan conocer patrones reincidentes en la persona. Esta disciplina tiene el estigma de una magia oscura. Cuando una organización presenta las imágenes de un producto, su descripción y sus recomendaciones en un determinado formato con el fin de que aumente la probabilidad de compra de aquel usuario específico; en el fondo es un intento de manipulación para ampliar los beneficios de la organización. También es posible plantear visión optimista que insiste en suponer que la existencia previa de una necesidad. La empresa la conoce y por lo tanto ofrece una solución personalizada para que ésta pueda tomar una decisión de compra que se adapte a sus expectativas. Probablemente ambas sean reales. Un entorno que conoce las sutilezas de tu personalidad, también puede ofrecer mejores soluciones, pero la organización no tiene como objetivo mejorar la vida de las personas, ese es un subproducto de la alineación de incentivos del mercado. Otro aspecto interesante es entender la intertemporalidad de la necesidad que se resuelve. Si el algoritmo de las redes sociales soluciona mi necesidad al corto plazo de consumir contenido, quizás está destrozando mi objetivo a largo plazo de desarrollar una carrera, relacionarme con personas o cuidar mi autoestima.
En nuestro pasado distante, los ancianos relataban cuentos a modo de advertencia a los niños frente a pequeñas hogueras. Lejos de las mismas, las sombras titubeantes bailaban a su compás y se escondían detrás de cualquier saliente que encontraban. Allí se les advertía no alejarse del poblado o de los senderos. En los bosques brujas y duendes esperaban a los incautos. Si se los encontraban, debían seguir las tres reglas. No responder a su llamado, no interactuar con ellos y no seguirlos. Entrar en el juego de estas criaturas era peligroso, ya que por medio del dialogo o de sus inofensivas demandas, el alma perdida terminaría atrapada en sus encantamientos. Pero también existía otra regla oculta. Si se conoce el nombre de la entidad, nunca nombrarla ni en susurros, eso sería una invitación en el mejor de los casos y una amenaza en el peor.
Pero hoy en día, niños de pocos años ya interactúan con la tecnología de manera inofensiva sin percatarse de la información que están entregando. Esta es la clave para que los algoritmos posean su nombre verdadero. No es de extrañar la epidemia de adicciones y de problemas de conductas derivadas del sistema de apuestas y microtransacciones direccionado a un publico joven. Es hasta peligroso comentar en voz alta un deseo, el vacío tiene oídos y casualmente se nos ofrece justamente aquello que estábamos buscando.
Que otra persona conozca nuestro nombre puede ser un peligro o una bendición. Hay quienes utilizan esta información para adaptarse al paciente y ayudarlo a sanar o a encaminarlo en un camino de prosperidad. La mejor alternativa es, sin embargo, conocer nuestro propio nombre, ya que quien se conoce a sí mismo, desarrolla una defensa natural y puede ser arquitecto de su propio destino. Se requiere de una sinceridad infinita con uno mismo y reconocer nuestras debilidades y valores. Éstos nos guían y nos permiten diseñar un propósito. Quienes no puedan alcanzar las profundidades de su ser, estarán destinados a caer con la misma piedra y a sufrir de una realidad incongruente que les causará mucho daño. Peor aún, estarán a merced de sus demonios, aspectos que los algoritmos explotarán hasta el cansancio para implantar un consumismo emocional y sus propias narrativas. Las palabras tienen poder, pero solo en la medida que lo permitamos. Si nos conocemos a nosotros mismos, nos da igual la opinión de personas, siempre y cuando dicha opinión diste de nuestro autoconcepto. El ejemplo más claro es el de un grupo de amigos que se insulta “cariñosamente” de forma constante. Esos insultos no tienen capacidad de afectar a sus miembros, porque en el fondo todos los identifican como algo distante a su propia esencia. Por eso, las palabras solas no son todo poderosas, si uno conoce su propio nombre, puede protegerse parcialmente. Además, la palabra no existe sin el propósito detrás, aquello que en comunicación se llama subtexto. No es lo mismo que un desconocido piense que soy víctima de la locura, a que un profesional de la salud que estudió durante años las afecciones mentales, señale que tengo motivos para preocuparme. Se podría trazar un paralelismo con aquellos que conoce el nombre de la roca o del río. Alguien idóneo tiene un peso enorme en sus palabras.
Nietzsche anunció al mundo la muerte de dios. Nuestros conocimientos lo hicieron retroceder. Cuando no entendíamos las tormentas, Zeus y Thor surcaban los cielos parpadeantes. Escuchábamos su rayo y su martillo abatir a sus adversarios mientras nuestros endebles techos soportaban la ira de su tormento. La arqueología y la ciencia arrinconaron la idea del dios monoteísta. Ya no creemos en ángeles con alas de pájaros, en transformar el agua en vino o en el pecado original de Adan y Eva. Conocemos la evolución, los inmensos supercúmulos de galaxias que vuelve humilde nuestro hogar, una pequeña partícula de polvo de polvo, aún más insignificante que un grano de arena en el Sahara. Vimos frente a frente a la ley universal de la entropía, el verdadero enemigo. Hicimos retroceder a la muerte, casi triplicando nuestra expectativa de vida y logramos evitar las pandemias masivas, donde el segador con su hoz se manifestaba en nuestro plano para arrasar a un tercio de la humanidad. El filósofo nos incitó a diseñar nuestro camino dentro de nuestra nueva hallada libertad. Por medio de nuestra voluntad de poder nos animó a alcanzar nuestro propósito personal. Sin embargo, pasados los años todo lo que nos quedó fue un posmodernismo tóxico influenciado por un nihilismo lánguido. Generaciones pobres y maltrechas que no se percatan de que viven el mejor periodo de la humanidad. La envidia, el victimismo, la debilidad revanchista y la inmediatez del materialismo nos embriagan potenciados por las cámaras de eco que teje el sistema. Mientras que las nuevas generaciones “Z” y “Alpha” tienen serios problemas en el articulado de ideas y experimentan dificultad para concentrarse en una tarea. La caída en estas capacidades básicas se las atribuye a los ciclos de dopamina que destruyen algunos mecanismos del cerebro. Tanto es así que la sociedad se refiere a ellos informalmente como los “Ipad Kids”. Son generaciones con índices de depresión y ansiedad muy superiores al resto. También encuentran desafiante enfrentarse a situaciones que no son de su agrado, respondiendo con una ansiedad desproporcionada o con violencia. Freddy Vega, fundador y CEO de Platzi se refiere a esta generación como “la generación perdida”. En lo personal, no percibo a este segmento poblacional con tanto pesimismo. Son hijos de otra época, pero ese desdén hacia las generaciones nuevas es un patrón recurrente en la humanidad. Es importante reconocer que ellos se enfrentan a un contexto muy alejado al que evolucionó nuestro cerebro por miles de años. Además, la economía mundial está empezando a pagar los despilfarros que se hicieron desde la posguerra con la toma de deuda excesiva y la laxitud fiscal. Los países desarrollados se acostumbraron a vivir por arriba de sus posibilidades endeudándose a más de 100 años. Ahora los nuevos empleados, no solo deben cargar con las deudas que decidieron las generaciones anteriores previo a su nacimiento, también deben cargar sobre su espalda a la gran masa de pensionados que confiaron en el esquema ponzi que representan a la gran mayoría de los sistemas de retiro. En vez de ahorrar como lo hicieron las generaciones anteriores, se dedicaron a vivir a crédito con bajas tasas de ahorro e inversión. Todo esto se agravó en el periodo posterior a la gran crisis de 2009 donde se despilfarró aún más con tasas de interés cercanas a cero. Si sumamos todos estos elementos, no es de extrañar que sean generaciones colapsadas, incapaces de ver un camino hacia la prosperidad. Esto se desenvuelve en un problema más grande, una falta de perspectiva a futuro, falta de propósito y desesperanza generalizada.
No podemos retornar a los dioses antiguos que nos hablaban en nuestros delirios. Alguien mayor, no puede volver al triciclo. No obstante, podemos recuperar algunos de sus aspectos para que nos ayuden contra la inmediatez del control de las adicciones. Quizás es momento de que recuperemos los relatos que contaban los ancianos, quizás es momento de recuperar la sabiduría ancestral de filosofías como el Estoicismo o la espiritualidad del Budismo. Es un desperdicio desechar nuestra historia y las fortalezas que forzaron a nuestros ancestros a buscar nuevos horizontes. Por eso propongo que re-imaginemos las narrativas humanas, que volvamos a portar el peso sobre nuestros hombros como Atlas, pero que sea elegido por nosotros mismos. Al nihilismo que nos debilita frente a las manipulaciones externas debemos contestarle con un principio olvidado, la disciplina autoimpuesta. Una disciplina que lejos de ser una llamarada fugaz, se sienta como el carbón incandescente en nuestro pecho. Una energía constante y estable que impulsa cada paso guiado por nuestros valores. Armados con nuestro nombre verdadero, el renacer de la sabiduría de nuestros ancestros y el crepitar de nuestra disciplina, podremos resistir mejor el embate de estas nuevas existencias que nos atrapan en sus lógicas.
Nadie dilucidó a ciencia cierta como protegerse en estos nuevos ecosistemas donde los algoritmos nos conocen íntimamente, ya sufrimos masivamente con estas pobres copias de lo que vendrá. Se nos acaba el tiempo.